Es una tarde de enero en el norte de la Patagonia y el sol parece resquebrajar el asfalto. Un ventilador bienintencionado mejora el clima en el búnker de Suena y parte del equipo se acomoda con mate, caliente y folklorísimo, frente a una Hewlett-Packard con lucecitas verdes para acortar los casi 450 kilómetros que separan Neuquén de San Martín de los Andes. En esa ciudad montañosa lo horrible de los incendios forestales fuera de control contrasta con los paisajes dominantes de selfies instagrameras en la temporada turística fuerte. Y del otro lado de la pantalla aparece Ramiro Carrera con cara de haberse levantado de la siesta para conversar de Trucha, su proyecto personal heterodoxo que disuelve prejuicios estilísticos de la música. A Trucha le va bien y lo sabe. Lo disfruta, lo reinventa y lo conversa. En el medio, un niño de short futbolero mira la tele y ríe animado, Suena interrumpe y se disculpa, Ramiro sonríe con el purrete probablemente sabiendo que es más cercano a su edad que quienes le efectúan las preguntas.
Es un productor inquieto que se anima a soñar pero no despega las suelas del pasto, que se mete en escenas y es advertido, aunque en cualquier momento puede tirar bombita de humo. Sobre pertenecer, sobre búsquedas, identidades y antojos, no parece ser alguien que transite el camino de la incomodidad. Un poco hace lo que se le canta. Y desde acá parece perfecto.
Trucha va y viene desde San Martín de los Andes a Capital Federal, en donde está instalado para apuntalar su carrera musical. Aunque la verdad es que cada vez vuelve menos. Ya tiene dos discos editados (“Llamadas” y “A Ramiro”) que lo llevaron a distintos escenarios porteños como el Centro Cultural Recoleta, el Cultural Thames, Niceto, Club Social 911, entre otros. Antes y después de esos shows se subió al line up del Lollapalooza 2024, en el mismísimo espacio que preparó el organizador Perry Farrell para artistas emergentes (el Perry’s Stage), en un logro que fue muy celebrado en su bello pueblo natal.
Aquí y ahora Ramiro parece un baby Spinetta por los rulos y la nariz, gesticula al hablar, piensa y sigue, corrige y vuelve. Ramiro se muestra natural, sabiendo que nuevamente arranca para otro lado en lo que ya tiene y aún no muestra. Lo que ya sacó gusta y le gusta, lo que viene entusiasma y lo entusiasma, compone capas para después borrar, busca sonoridades que siempre se pueden transformar en silencios. Y le gusta charlar, Trucha habla con gracia y afecto.

— ¿Cómo te enroscás con la búsqueda de la identidad, si es que eso existe? Pienso que ponerle “A Ramiro” a tu disco un poco te despega de tus pieles y es una forma de dedicártelo, de compartirlo y de convivir ¿Cómo juega en vos esa idea de la búsqueda de la identidad artística y personal?
— Es como una lucha constante. El ser artista y el ser una persona que siempre estén tan conectados, pero a la vez que sea algo tan diferente. Me pasó como compositor de este disco, le puse ese nombre porque sentía primero que es el nombre que tenía que ser, como hay muchas cosas que se piensan, pero después hay muchas cosas que salen cuando uno está escribiendo y fue como hacerme cargo de que lo que estaba diciendo me lo tenía que decir a mí. Fue muy bueno el ejercicio de hacerme cargo de cosas que me estaban pasando, cosas que no podía poner en palabras. Costó, no te voy a decir que es un camino hermoso, que uno viene, se sienta y se dice lo que realmente se tiene que decir. Después ya lo solté y la gente lo ve como quieren verlo.
— ¿Cómo fue ese proceso?
— Fue muy zarpado. Primero de decirme, de hacerme cargo de esas canciones, que nadie me mandó a decirme nada. Y después mostrarlas ante el mundo. Entonces hubo dos procesos. Primero el de realmente decírmelo y bajarlo a tierra, en este caso, y en todos mis discos anteriores yo produzco mis canciones, entonces fue un proceso muy íntimo de producción. Son dos momentos del disco: por un lado decírmelo y por otro mostrarlo a los demás.
— Y en ese proceso de, no sé si llamarlo de búsqueda identitaria, artística o algo por el estilo, ¿la relación con el lugar te pegó? ¿Sos el mismo compositor si no te hubieras ido a vivir a Buenos Aires?
— Es una buena pregunta porque este disco “A Ramiro”, por ejemplo, yo lo produje entre mi casa de San Martín de los Andes y mi casa de Buenos Aires, pero más que nada mi casa de Buenos Aires. Y yo siempre produje acá en San Martín. Entonces cuando me mudé a Buenos Aires mantuve la idea de que sigue siendo mi habitación, pero es otra habitación. Fue como empezar de cero. Y obviamente Buenos Aires te da una facilidad, una apertura que capaz acá en San Martín no la tenés. Yo también en Buenos Aires me mudé a los 18. Y este disco lo empecé a hacer a los 18. Entonces fue un crecimiento en muchos aspectos: no solamente por la mudanza, sino también por mi edad. Buenos Aires para mí es un lugar donde yo me puedo expandir y me sigo expandiendo mucho. Pude ir a estudios, a grabar pianos, a grabar baterías. No es que en San Martín no se pueda hacer, pero sí es más complejo de resolverlo.
— Hablemos del trabajo vocal, de producción de voces que tiene “A Ramiro”. El disco suena casi despojado de la música. ¿Cómo trabajaste eso desde la producción? ¿Qué tanto investigaste para llegar a ese sonido tan particular que tiene?
—A mí me gusta producir y casi siempre empiezo desde la voz como eje principal. Me interesa mucho y no solamente lo hice en “A Ramiro”, sino también en mis canciones anteriores en donde hay mucho trabajo vocal. La verdad mis procesos creativos en general son muy por inercia y muy de repente aparecen las cosas y salen. A mí me gusta mucho cómo suenan las voces todas juntas o el mismo coro de una voz. Me gusta mucho esa sonoridad. Después me empezó a caer la ficha de que tiene mucho más peso la voz como un instrumento que acompaña a la misma voz.
— Hablás de esto que notamos como capas de voces sobre las propias voces…
—Son todas capas de voces mías. Es un coro de voces mías. Y fue más que nada porque me di cuenta, como decía, que tiene mucho más peso que sean coros de voces mías. En este disco tenía muchas ganas de que suenen instrumentos de verdad y siento que eso está muy marcado. Casi siempre mezclaba con sonidos digitales, con procesos más digitales y en este caso quería que la música suene más humana, si se quiere, o más tocada. Por eso fui a grabar baterías, fui a grabar pianos, muchas guitarras, muchas voces. Muchas voces que no son mías también, que eso también siento que acompañan al disco y le da como esta cosa medio teatral de que aparecen las voces de mis amigos, de mi familia, de mis hermanos. Y si te pones a escuchar lo que dicen esas voces está como… parece un cuento, parecen diferentes personajes. Sí estuvo esa intención, por ejemplo, en el disco de que empiecen un lugar y que terminen otro completamente, que no sean como quince canciones aisladas entre sí, sino que haya un hilo.
— ¿Cómo fue el proceso de jugar con esas capas de voces y sonidos?
— A mí me cuesta, yo soy mucho de poner. Pongo, pongo, pongo, como que nunca puedo terminar. Llega un punto que ya, sí, listo, me digo: “Hasta acá”. Si no, no tiene sentido. También, justo en la sonoridad, actúa el chico que hace la mezcla, por ejemplo, el chico que hace el máster, que también se toman decisiones ahí de qué se resalta y qué no se resalta. Hay un trabajo en conjunto con más personas, pero a nivel producción musical, si yo te muestro la canción que hice, así tal cual la hice yo, tiene 500 millones de capas. Y yo digo ”¿Para qué querés tanto?”. Es un re laburo que a veces hago como “¿Hasta qué punto esta canción es esta canción?”. Yo quiero que la canción no pierda ese sentido, que esté sólida.
— ¿Y qué te pasa con el silencio como elemento artístico?
— Es medio paradojal, el sonido, el silencio, por decir de alguna forma, como otro elemento más. Siento que hay cada vez menos silencio en la música. O hay menos matices también. Y justo en este disco hay un par de momentos como de silencio o de bajada, pero para mí sigue teniendo mucha esencia pop, si se quiere. Son canciones que nunca paran. Es raro que una canción de “A Ramiro” empiece con alguna intro, por ejemplo. Casi todas empiezan de una. Y me gusta mucho que sea así. Es algo que quiero empezar a hacer con mis producciones a futuro, como que el silencio sea parte de la música. O que sirva de pie para que el sonido empiece a tener más fuerza, por ejemplo.

— Estás como en una especie de limbo. Ahora ya tenés las canciones nuevas compuestas, y al mismo tiempo estás “despidiendo” de alguna manera las de “A Ramiro”. ¿Cómo es este momento tuyo?
— Me gusta igual. Hay una parte de esto de tener canciones guardadas, Me gusta porque empezás a ver las canciones “viejas”, si se quiere, desde otro lugar, y tenés las nuevas ahí como guardaditas. Cada vez falta menos, igual, para que aparezcan estas canciones nuevas, estoy muy emocionado de hacer música y que sea nueva. A mí, puntualmente, me pasa también que este último disco lo empecé a hacer hace tres años. O sea, lo saqué en septiembre del año pasado y lo había arrancado en 2023. Entonces para mí ya son canciones que tienen más años de lo que se cree.
— Con esta idea de despojo das la sensación, escuchándote hablar, de que te importa tres carajos la moda. Tenías tu banda de indie rock en San Martín de los Andes que probablemente cinco años más tarde hubiera explotado. Después de tu show en un Lollapalooza alguien pudo haber pensado que ibas a ir por un lado mucho más de beat y mucho más de lo que entendemos como música urbana. ¿Te chupa huevo la moda? ¿Vos estás conforme con tu foto de hoy y que la escena vaya para donde tenga que ir?
— Sí, la verdad que sí. Como que no trato… Faltarse el respeto a uno cuando hacés cosas porque al resto le va bien, siento que en definitiva eso es la moda. Hablo de copiar lo que a otro le sale bien porque ya le salió bien. Obvio que eso te da cierta seguridad, porque si de repente todo el mundo hace tal género y vos también lo hacés, entonces va a gustar. Pero cuando no tiene que ver capaz con tu momento, con tu verdad, no sé si está tan bueno. Es un privilegio hacer la música que uno quiere. Para mí, por un lado hay que atender la música que a la gente le gusta y se copa; pero también ofrecer música nueva y experimentos. Creo que haciendo eso también a la gente le gusta y se interesa por vos. Cuando yo hice “A Ramiro” la canción más escuchada es “No Me Quiero Ver”, que ahora hace poquito llegó al millón de reproducciones en Spotify. Es impensado que suceda con una canción como esa porque no tiene estribillo, no tiene percusión, habla de cosas que no son las más divertidas y es loco que mucha gente se sienta representada con esa obra.
— Desde tu mirada de productor… ¿A quién te gustaría producir hoy de la escena nacional? ¿Hay algún disco de los últimos que te ha llamado la atención y pensás que te hubiera gustado estar ahí trabajando?
— Recién venía escuchando mucho el disco de Marilina Bertoldi, el último que sacó y tiene un sonido re particular que para mí evoca mucho a Soda Stereo, a Cerati particularmente, y a Charly. Me gustaría saber cómo llegaron a esas referencias o qué música escucharon para llegar a ese sonido.
— ¿Qué busca un músico como vos de tu edad y de tu escena? ¿Qué te gustaría que pase? ¿Qué cosa se parece a un sueño para vos?
— Eso va cambiando de forma constantemente. La música genera una apertura y de a poco tenés más disponibilidad para poder hacer muchas cosas, entonces yo creo que hay que elegir una sola y focalizar en eso. Hay gente que te escucha más allá, que realmente te presta atención a lo que vos estás diciendo. Entonces me gustaría que lo que diga, si tiene esa importancia y hay gente que se siente conmovida, me gustaría decir las cosas que me parecen correctas y que la gente lo comprenda y esté bien. Me gusta mucho estar en contacto con la gente y no quiero perder esa cercanía con el público. Es lo que más me gustaría preservar: que la música no sea algo tan inalcanzable, que sea algo algo más terrenal. Eso es lo que quiero.
Crédito de las fotos: Fiona Fernández (@fioo.fernandez) y Rosario Pinard (@rosariopinard)