“En estos tiempos de modorra y avidez
ya no se sabe si es un sueño o que va a ser
en estos tiempos de modorra condenada
te aconsejo que mañana me recuerdes donde estés”
Habrá quienes lo recuerden por los tangos, por Los Abuelos de la Nada, otros por Los Twist y también habrá quienes lo recuerden por los Lions in Love o por su forma de cantar, por su forma de decir, por su forma de componer, o su forma de vivir. Siempre habrá en la Argentina alguien que lo recuerde. Un artista que no fue de los mega famosos, pero sí fue de los mega talentosos, un artesano del lunfardo que lo utilizó como para escribir canciones que Rivero aplaudiría de pie.
Si no lo llegaron a conocer, si les da curiosidad saber de dónde salió, por dónde anduvo, y por qué hizo alguna de las cosas que hizo, en el siguiente texto podrán leer distintas declaraciones que Melingo hizo en entrevistas que se publicaron en distintos años en La Nación, Página 12 e Indiehoy.
El origen, los gloriosos 80 y la despedida
Me acuerdo de dormirme en brazos de mi abuelo con la ‘Pavana para una infanta difunta’ de Ravel. Vengo de una familia criada en Parque Patricios. De chico mamé todo eso: mis tíos eran poetas, bailarines e integrantes de la Academia Porteña del Lunfardo. Por el lado de mi padre había músicos europeos y mi abuela era cantante de ópera. Todo eso forma parte de mi ADN musical. A los 9 años ingresé en el Conservatorio Nacional, y a los 18 entré en la Universidad de Musicología, hice composición y carrera clásica.
Cuando terminó el Mundial ’78, la situación era demasiado tensa, así que me mudé a Brasil. Y ahí me explotó la cabeza. Después de toda la teoría que había estudiado, en Brasil la música me entró por los pies, por la tierra. Viajaba solo con mi clarinete, era un asceta, prácticamente en taparrabos.
Tuve que dar clases para mantenerme cuando era estudiante, y cuando vi que todos los alumnos que tenía eran mujeres dije: ¿Qué pasa? Yo terminaba colgándome con las chicas, ellas se enganchaban conmigo … Dije: “No, olvídalo”. Enseñaba apreciación musical, pero ninguna avanzaba nada, se la pasaban hablando … Me di cuenta de que no era lo mío, no tenía paciencia. Ahí me metí en el rock, y pude empezar a vivir de tocar. Eran los gloriosos ’80.
Cada década trae un cambio. Eso de “qué divertidos eran los ’80, qué alegría …” ¿Qué alegría? Yo vi gente muy enojada y llorando, no todas eran flores. El músico de rock también tiene sus penurias, y además los inicios son duros, triunfa uno de diez mil grupos. Aprendí a ser profesional con el rock y aprendí a hacer rock con Los Abuelos de la Nada. Nunca antes había tocado el clarinete en Mi Mayor.
Tuve la suerte de haber tocado en grupos exitosos, y con Los Twist nos divertimos especialmente. Nos reíamos cuando componíamos. Y lo hacíamos sin intención comercial, tocábamos en el Parque Genovés, en lugares ridículos hasta que nos vio Charly, y al otro día estábamos grabando. Él nos produjo porque le vio la veta comercial. Pero nosotros lo hacíamos por pura diversión: yo ya tocaba en Los Abuelos, y Pipo era un atorrante que no tenía un mango. Después me invitó a tocar Charly y tuve que dejar uno de los tres grupos, ahí dejé Los Abuelos. El día que dije “es la última vez que toco”, Miguel se puso muy mal, se largó a llorar. Fue el único.

El viejo Continente, el regreso y el Tango
Me fui a España con el afán de aprender. los Lions in Love se convirtieron muy pronto en el grupo de moda en España. Mezclábamos a José Miguel Carmona, de Ketama, con el acid house; el dub con la guitarra flamenca. Era una novedad absoluta. Todos querían sonar como los Lions. Gracias a eso trabajé mucho como productor allá, primero con Fangoria, después con Los Toreros Muertos, incluso remixé a Los Rodríguez. Tuve unos años de laburo intenso, de horas sin salir del estudio. Vivía como en un submarino. A los nueve, diez años, después del segundo disco de los Lions, había puesto toda la carne al asador y sentía que se me habían agotado los recursos. Me volví. Estaba poniendo más de lo que absorbía.
Yo siempre fui segundón, y no tengo ningún complejo. Nunca fui primera voz, cantaba a veces en Los Twist o en Los Abuelos, pero ahora estoy al frente todo el tiempo. Por primera vez sé lo difícil que es mantener una orquesta y ser solista. Yo busco en los orígenes. Por eso volví al tango. Ahora compongo mucho de lo que toco, porque básicamente soy un compositor, aprendí a escribir música antes que a escribir letras, con lo cual estoy expuesto por todos lados. Soy muy autocrítico, escucho “Tangos bajos” y noto que ahora canto mejor. Lleva una época de afiatamiento hasta que lográs poner bien la voz, encontrar una postura que sea real y a la vez propia. Acá siguen los viudos de Goyeneche tratando de cantar como el Polaco. Él ya cantó “La última curda”, ¿cómo vas a cantarla vos? No es joda el tango, hay que laburar mucho.
Obviamente, estudiar sirve como apertura mental, pero siempre me preguntaba para qué catzo había estudiado tanto. Estuve 20 años en el rock y nunca le di gran utilidad. El rock se puede tocar de oreja. Por eso se hace difícil. Al tanguero si no le das la partitura no sabe para dónde correr. Los que improvisan generalmente son músicos que tocan otros ritmos. Es un problema, a la violinista le pido algún ruidito de tango y me mira raro, se lo tengo que pasar yo. Son de otra escuela hasta que se hacen, porque no hay conservatorios de tango, no se enseña cómo arreglar o tocar. En la época en que estudiaba orquestación iba a ver siempre a la Orquesta de Tango de Buenos Aires, de Raúl Garello y Carlos García. Lo esperaba a García y le decía “maestro, ¿no me puede dar un par de clases?”, y no había caso, me decía siempre lo mismo: “Muchacho, escuché discos del ’40 y del ’50, no doy clases …”
Después que murió Gardel, en lo que fueron las décadas de oro del tango, se dejó un poco de lado, y en los ’70 Edmundo Rivero lo reivindicó. Con el lunfardo la temática es más abierta, hay menos prejuicios. Tenés la libertad de no caer en el tango típico del cornudo llorón, hablar de un chorro que mete la mano en el colectivo, o contar irónicamente una situación. Nació como un lenguaje carcelario, de ladrones, por eso elijo retomarlo como estilo literario. Mi metejón con Rivero viene porque el esposo de mi madre era manager de él, yo lo veía al Feo, porque a veces ensayaba en mi casa. Llegó a mis manos la colección completa suya, también tengo toda la colección de Gardel en vinilo, ésas son mis joyitas preferidas, junto a una biblioteca entera de poetas lunfardos. Me gustan mucho Julián Centeya, Enrique Cadícamo, Contursi, Luis Alposta, Carlos de la Púa, Iván Diez, letristas de la década del 30, que es donde yo más me inspiré a la hora de componer.
Voy buscando con el olfato hacia dónde ir y tengo que ir asombrándome en el camino. Ése es un poco mi método. Me gusta no saber adónde voy. Si veo que me estoy repitiendo, no me asombro.
Cuando uno arregla un tema obviamente se da cuenta si está bien o no, pero algunos tienen más impacto, quizá por una tontería que no se capta en el momento de la composición. Esto no quiere decir que descarte muchos temas, pero para mí es importante ir captando qué le pasa a un público que es muy variado. A mí me vienen a ver matrimonios mayores o pibes que nunca habían escuchado tango y se acercaron a partir de mi propuesta, porque vieron que yo era una figura de otro palo. Eso me llena de orgullo.
Como le gustaba decir a Miguel: siempre adelante, como el elefante.
Fotos de Oscar Livera (@oscarkcholivera) del show de Daniel Melingo en el Centro Cultural Desafíos de Neuquén, en mayo del año 2023.