Bad Bunny lo hizo una vez más.
No se trata de números vacíos: récord de espectadores; los segundos que tardó Trump en agarrar el guante y asumir, enfurecido, el cachetazo; la reacción viral a los trece minutos más contundentes, en materia de batalla cultural, de los últimos años. Ni siquiera de la épica que implica que, por primera vez, uno de los nuestros elija cantar en su lengua natal en el epicentro de la cultura yanqui.

Aunque también es eso, y cada detalle alimenta la conquista de este artista latinoamericano, un boricua del Caribe —acaso uno de los pueblos más diezmados del continente en términos imperiales y reales— que comprendió las reglas del juego, las masticó y, sobre ese escenario, se movió con audacia durante años hasta tener un The Duke en las manos y arrojarlo con fuerza, en tiempos y tierras del ICE, gritando: “Seguimos aquí”.
Lo que sí hizo Benito Antonio Martínez Ocasio fue volver a invitarnos a habitar la escena, a sentarnos en las sillas de plástico de Debí Tirar Más Fotos, esa universalidad tan nuestra que logró reconstruir en el álbum con el que cruzó una línea, desde su narrativa más despojada y genuina: la que separa lo masivo de lo popular, lo declamativo de lo político, el gesto de la posible erosión de narrativas dominantes, el hit del amor.
Si cuando escuchamos DTMF sentimos el brillo de los días simples; la belleza que se desprende como vapor de la tierra con sol y lluvia; los ecos de la infancia; la celebración que resulta una mesa familiar espontánea —esos milagros cotidianos que a veces, en el traqueteo del dolor, las descargas de la injusticia, la dificultad del pan, no logramos ver—; si cuando bailamos DTMF se nos mueve el corazón como cuando alguien habla bien de nuestros niños, o tu novio, tu abuela, tu querido te lleva mate y pan tostado a la cama, en los trece minutos del corte del Super Bowl Bad Bunny nos regaló la posibilidad de sentir un profundo orgullo por lo que somos, en una época en la que coronamos a quienes lo desprecian.

No es orgullo vacío, sino el de un pueblo que sabe en carne viva de qué se trata juntar sus pedazos; un pueblo que a veces se anima a soñar la patria grande que propone Benito; un pueblo que solo busca laburo, un plato de sopa y unos pocos rayos de sol. Y sobre todo, un pueblo del que otros se sirven para funcionar.
Benito transmite algo del orden de lo familiar, que tiene que ver con lo posible, con el “soy uno de ustedes” sin impostaciones, construido sin renegar de su origen laburante: el pibe repositor de supermercado que necesitaba sumar más y más horas para poder estudiar. No sucumbió a la perorata de los adalides de las buenas costumbres, los parlanchines asqueantes de la superioridad moral, que en nombre de la elevadísima música, los pulcros relatos y todo lo que no son, reniegan del autotune, el perro, la sensualidad y cualquier tipo de expresión de un pueblo al que desdeñan y del que se valen.

Ayer, como venía haciendo a escalas valientes y espectaculares —aunque en otras dimensiones—, armado de reguetón y perreo; con las memorias de su calle y de su patria; levantando las banderas de la simpleza, nombrándonos —sí, solo nombrándonos—, Benito le recordó al mundo que lo único más poderoso que el odio es el amor, y a nosotros mismos que ese motor se enciende si podemos comprender la fuerza que habita en el nosotros y en nuestra identidad.
Ayer Benito, a riesgo de todo, nos invitó una vez más a reconocernos.