¿Estarías dispuesto a dejar tu individualidad en pos de un mundo apacible? ¿Es preferible una sociedad homogénea y feliz, o diversa y conflictiva? ¿Qué tan libre somos en sociedades donde las elecciones que consideramos propias están moldeadas y mediatizadas por megacorporaciones que explotan nuestras carencias? ¿Esa libertad empañada de anuncios y publicidades, nos otorga felicidad?
Pluribus, la serie que concluyó su primera temporada en 2025 por Apple TV, toma esas preguntas y las empuja hasta un límite incómodo. Creada por Vince Gilligan (Breaking Bad, Better Call Saul) la ficción abandona el terreno de antihéroes y marginales para explorar una amenaza más sutil y contemporánea: la de un mundo que ya no necesita reprimir porque aprendió a sedar.
En un presente saturado de estímulos, algoritmos, inteligencia artificial y soluciones inmediatas, la serie se pregunta cuánto estamos dispuestos a ceder para ser felices.
La serie construye una utopía viral en la que la paz y la felicidad se propagan como una enfermedad benigna. No hay guerras, no hay violencia, no hay frustración. Los habitantes viven en un estado de bienestar constante, liberados de las tensiones que históricamente definieron la experiencia humana. Pero la felicidad siempre tiene grietas y en este caso, esa grieta es Carol Sturka, una exitosa escritora de novelas románticas de aventuras que resulta inmune al virus. Carol conserva toda la “humanidad” que el nuevo orden considera disfuncional: cinismo, contradicción, impulsos violentos, falta de empatía, resentimiento. El logline de la serie lo pone de esta manera “La persona más miserable de la Tierra debe salvar al mundo de la felicidad”.

Para el bienestar artificial que plantea Pluribus, la individualidad es un estorbo. La individualidad no es un valor a proteger, sino un error a corregir. La mente colmena que cooptó a la humanidad no funciona solo como recurso narrativo, sino como comentario directo sobre el presente. Ideas prefabricadas, emociones reguladas, sociedades homogeneizadas. Una sociedad sin conflicto, sí, pero también sin ideas. La inteligencia artificial aparece como el catalizador perfecto de este proceso: ya no solo se le delega el trabajo por comodidad, también delegamos nuestra capacidad de pensar; no hace falta, basta con aceptar.
Michel Foucault, decía que el objetivo del poder es la dominación de la subjetividad. En Pluribus, ese dominio no se ejerce a través de la coerción ni del castigo, sino mediante un flujo constante de bienestar, comodidad y complacencia.
Cuando vivir en un mundo brutal se vuelve insoportable, disolverse en un mar de felicidad, no deja de ser tentador.
La serie no celebra esa tentación, pero tampoco la condena con facilidad. La expone. Y en ese gesto deja una pregunta abierta: si la felicidad exige dejar de desear, de pensar, de explorar ¿no se parece demasiado a una forma sofisticada de extinción?
Pluribus no ofrece respuestas cómodas. Incomoda porque expone un deseo difícil de admitir: el de renunciar a la fricción que implica la experiencia humana en un mundo acuciante. En un presente saturado de estímulos, algoritmos, inteligencia artificial y soluciones inmediatas, la serie se pregunta cuánto estamos dispuestos a ceder para ser felices. Tal vez la felicidad absoluta no sea una conquista, sino una forma refinada de rendición. Una sonrisa sostenida mientras el mundo se desmorona. Una manera elegante de desaparecer.