En un momento, cuando la charla promediaba y parecía meterse en la mitad final, Ricardo Cohen minimizó en un certero “tuvimos suerte” el comentario de la entrevistadora, y se produjo un silencio de esos que suelen manifestarse como artísticos. Se miraron a los ojos, una sonrió más que el otro, y no debe haber durado siquiera dos segundos. Pero ahí algo se detuvo, y no necesariamente el tiempo en su entendimiento más lineal. Ahí cambió gran parte del significado que rebotaba en las butacas ocupadas del auditorio, que eran todas. Venían hablando de la historia de Rocambole antes de serlo, de ese chico llamado Ricardo que ya empezaba a ser el Mono y que se movía en el mundo que le tocaba pero que también hacía cosas para moldearlo. Cecilia Rayén Guerrero Dewey había apuntado con precisión quirúrgica que “tenían una brújula para las revoluciones”, bromeando por la casualidad que llevó a Eduardo Beilinson y su hermano Guillermo a vivir en propia carne el Mayo Francés. Claro, antes habían mencionado sin precisar la fecha aquel 17 de octubre de 1945 y la detención de Juan Domingo Perón en la Isla Martín García, y por ahí se había colado la máquina del tiempo para ya haber saltado en la historia a la última dictadura de nuestro país y la fervorosa resistencia popular.
La palabra “revolución” en la vida de un artista no siempre se utiliza para referirse a hechos y bisagras trascendentales, está presente como concepto que sobrevuela cuando a través un lienzo y algunos colores se está narrando otro accionar concreto. Y Rocambole piensa que el arte define a la humanidad, para tomar esa aseveración como punto de inicio al narrar su vida, casi siempre despojando la individualidad para el relato. Rocambole casi siempre que habla de él, lo hace en plural.
Un jueves de invierno en la ya oscura tardecita, se llenó el Auditorio Marcelo Martín Berbel del Museo Nacional de Bellas Artes en la ciudad de Neuquén para ver a un hombre de 83 años presentar su libro de eterna reconstrucción. Y se reventó de gente de ambos lados de las puertas, divididos en tres grupos numerosos de admiradores de la obra del protagonista, y por supuesto la de sus amigos. La excusa que trajo a Rocambole por la ciudad fue presentar el libro “Arte, Diseño y Contracultura”, una belleza de tapa dura roja oscura sin dibujo ni chirimbolo que adelante su contenido. Al menos en esta edición, la actual, no hay anticipo de vidriera, no hay carnada de batea. Mirándolo de cerca, tocándolo, viviendo la experiencia del vínculo, se descubre en el relieve al hombre que empuña una cadena con la izquierda, de cuello largo y carente de ortodoncia. Ese dibujo que nunca le convenció, el mismo que hizo de apuro, por el que no habría apostado si intentaba encontrar una marca. El mismo que está tatuado en las pieles de miles, con mejor o peor reproducción, ese que tiene colores de tantos equipos que ni lo soñó.
La propuesta era sencilla pero enorme: un presentador, Nico Bustamante, con micrófono en mano dio la bienvenida, se alegró pidiendo aplausos y le tiró un centro para que continúe, ya en escenario, la versión reducida de Nueva Roma, que con dos guitarras eléctricas y una voz contenta había llegado desde General Roca para recrear cuatro himnos ricoteros. Primeros aplausos, tímidas arengas, y ansiedades por que arranquen las palabras del Mono Cohen. Tres sillones petisos y coquetos, una mesita ratona que fue corrida para no tapar, tres copas de agua y una pantalla de fondo con fotos, dibujos y esculturas que iban a la par del anecdotario. Eso alcanzó, eso llegó. Sin más elementos distractorios, con mucho más para escuchar que para ver. De las tres copas nada tristes solo una fue bebida, precisamente la de Cohen, que tuvo algunas interrupciones por tos.

Durante más de un ahora, la charla fue dinámica y apuntó a los momentos de formación del artista mucho más que a su popularidad. Por supuesto que hubo conceptos artísticos y que la temporalidad jamás fue lineal ni cronológica. Y siempre en plural, porque Rocambole cree en la acción colectiva y eso marca sus pasos. La Cofradía de la Flor Solar, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricotas, La Plata, siempre y mucho La Plata, el diario El Día, los milicos, los rotos, los bares, el teatro, un tipo afeitándose, los payasos pero no la pasta de campeón, los sueños pero sobre todo el vivir con los pies en presente y las ideas en el viaje, los amigos y los amores. Todo eso estuvo en las palabras que el artífice de uno de los universos visuales más sólidos de la cultura popular de todos los mundos expresaba dividiendo miradas al público y a sus dos coequipers de ese escenario.
Hubo una breve instancia de preguntas de los asistentes y el cierre formal antes de los reconocimientos institucionales, las fotos, los regalos, las firmas, los abrazos y el cariño cara a cara que duró hasta pasada la hora de cenar. Porque no había apuro, parte fundamental de la idea era ese contacto humano y directo.
Se puede ser evasivo sin demostrar incomodidad, y la vez hacerlo así puede demostrar estrategia o volantazo. Se desconocieron los motivos pero a lo largo de toda la exposición, Rocambole prácticamente no habló de los Redondos. Fue indomable en el cuestionario que había preparado y ejecutado con prolijidad la entrevistadora, fue amable en la gambeta y encontró todas las tangentes de huida, elegante en su escapismo. La no insistencia es respeto, la aceptación es la caricia. Contaron por ahí que la partida de Indio lo sensibilizó de sobremanera, y los chistes sobre el final de la vida aparecieron a cachetear.
Un evento lindo, sencillo, muy íntimo y movilizante. Un motor de indestructibilidad, un alboroto de placeres. Como la vida misma de estos monstruos, un firulete que se puede convertir en una marca indeleble de paredones. Y muchísima gente contenta, esa es la imagen que queda, con las butacas llenas, la confitería superpoblada y personas haciendo fila aún cuando había terminado.
¿Qué es exactamente la emoción? Sin caer en tecnicismos o definiciones, sin buscar explicaciones mucho más allá de eso que se percibe que está pasando adentro del cuello, en movimiento, a veces bajando a cerrar una panza, a veces picando hasta los ojos para humedecerlos o apretando el musculito de abajo de la lengua para ponerla pastosa. No sabemos qué es la emoción, pero se parece a la mirada del Mono.
Foto de portada: Fabián Ceballos
Foto interior: Mariana Willhuber