Hay una pregunta que Santiago Rey se niega a cerrar: si existe o no un periodismo patagónico. Hace siete años, cuando armó la Fundación de Periodismo Patagónico, se propuso saber quién cuenta estos territorios y cómo. Desde entonces, el concurso de Crónica Patagónica leyó más de 700 textos y la plataforma de periodismo narrativo publicó más de 440 crónicas escritas en la Patagonia y el sur de Chile. Hoy, al frente de la Fundación que organiza el festival NAVE, que se extiende durante todo este fin de semana con María Moreno como invitada de honor, la presencia a distancia de Martín Caparrós y conversatorios con presencias destacadas como Jaime Abello Banfi (director general de la Fundación Gabo), Mónica González, (Premio Nacional de Periodismo de Chile), Noelia Barral Grigera, Diego Iglesias, Marina Abiuso, Agustina Paz Frontera, Camila Vautier, Martín Sivak, Marcelo Figueras, Juan Carrá y Mariana Komiseroff. Rey defiende el encuentro cuerpo a cuerpo en tiempos de medios precarizados y pantallas que lo saturan todo. Para Suena habla de territorio, de inteligencia artificial, del placer de escribir y del riesgo de contar el sur con los mismos clichés de siempre.
El entrevistado tiene mucho que celebrar. Más allá de una nueva edición del festival NAVE y todo lo que eso genera, fue distinguido con el Primer Premio en la categoría Crónica de la edición 2026 del Concurso de Letras. El certamen premió su obra inédita “La comuna libertaria del riñón artificial”, un trabajo periodístico que investiga y recupera la historia del desarrollo de un riñón artificial en América Latina.
— ¿Qué temas son urgentes hoy para construir un discurso patagónico actual y qué no puede faltar a la hora de contarnos?
— Lo que no puede faltar es contacto con el territorio en el que estamos y sensibilidad para narrar esas historias. Tenemos que alejarnos de algunos folclorismos al narrar los lugares que habitamos y las historias que hay en ellos, y evitar también ciertos cánones estéticos de los centros. Hay que modificar la idea de centro y periferia, no aceptar la que se nos impone, y construir una narrativa cercana a nuestras realidades. Hablo de los territorios del sur, de Argentina y Chile, que es donde trabaja la Fundación de Periodismo Patagónico, que organiza este festival. Y eso no significa renunciar a los grandes debates universales. El festival y la Fundación se proponen discutir las nuevas formas de represión de la palabra y del pensamiento de estas nuevas derechas en todo el continente americano, las nuevas formas narrativas digitales, la sobreestimulación a través de las pantallas y cómo impacta todo eso en las crónicas, en el periodismo narrativo y en el periodismo de investigación. Pero hacerlo desde estos territorios, sin caer en lo que se nos impone sobre la relación entre centro y periferia, que casi siempre se redacta desde el centro.
— ¿Qué significa NAVE hoy, cuando la post-verdad parece superada por la indiferencia y los medios porteños, cada vez más precarizados, cuentan la Patagonia a la distancia, sin voces locales?
— Empiezo por el final: la precarización no es solo de los medios porteños, también lo es de los medios de la Patagonia argentina y del sur de Chile. Es un fenómeno extendido. A veces, en estos territorios, la cuestión laboral se complejiza aún más por la dependencia de la pauta oficial de los gobiernos provinciales o municipales y por la presión que eso significa sobre el ejercicio de un periodismo libre. NAVE, en este contexto de digitalización de nuestro trabajo, propone algo que nos parece muy interesante: el encuentro, el cuerpo puesto en un tiempo y un lugar determinados para generar redes, debates, encuentros cara a cara, mirada a los ojos. Un punto compartido entre las experiencias periodísticas de estos territorios y las de los grandes centros urbanos, generadores de noticias. Lo que buscamos es un diálogo entre esas experiencias y los grandes maestros y maestras de la crónica, del periodismo narrativo y de investigación. Nos parece un intercambio muy productivo para las dos partes. Y después, darnos el gusto de pasar un momento en común hablando de lo que más nos apasiona: el periodismo, la investigación, las distintas formas narrativas posibles.
— ¿Puede la IA ayudarnos a construir una mirada propia? ¿Qué sentís cuando sospechás que un texto está escrito con un motor de Inteligencia Artificial?
— En principio creo que la Inteligencia Artificial, como motor de búsqueda desarrollado y afinado, puede ser productiva para el trabajo periodístico. Permite profundizar una búsqueda, ir un poco más allá de lo que hasta ahora ofrecía una hemeroteca o un buscador de internet. Me preocupa, sí, la IA generativa y el reemplazo del acto manual, intelectual y amoroso que significa la escritura. Como profesor de alumnos universitarios y de una diplomatura, la sospecha de que un texto fue escrito con IA me enfrenta al desafío de plantearles que no tengan miedo al fracaso. Si la motivación para recurrir a la inteligencia artificial es el miedo a fracasar, a que el texto no esté bien hecho, lo que hago, y lo que me gustaría que se hiciera, es trabajar la autoestima de las chicas y los chicos para que sepan que tienen derecho, casi la obligación, de fracasar, de errar, de volver a construir, y de exigirles a sus profesores que los acompañen en ese proceso. Ya me ha pasado, por supuesto. El abordaje tiene que ver con fortalecer el placer del acto de la escritura y tratar de romper ese temor al fracaso.
— ¿En qué avanzamos positivamente en estos últimos años para construir una mirada regional y qué papel cumple la Fundación de Periodismo Patagónico?
— Lo hago acá porque vivo acá. Si viviera en Entre Ríos, tal vez trabajaría para que existiera un espacio donde compartir experiencias periodísticas y narrativas del litoral. Cuando armamos la Fundación, hace siete años, me interesaba saber qué pasa, quién está contando y cómo se cuentan estos territorios que habitamos. La Fundación trabaja en ese sentido en distintos aspectos. El concurso de Crónica Patagónica, que ya tiene ocho ediciones, nos permitió leer más de 700 crónicas o trabajos periodísticos, algunos que no llegaban a ser crónica, que narraban estos territorios y sus personajes, sus tensiones, sus alegrías, sus experiencias. Eso fue muy enriquecedor. También lo fue la publicación de esos textos, que les permitió trascender límites geográficos o de nicho de lectura. El festival, como te decía, es además un punto de encuentro que potencia a quienes trabajan en periodismo en estos territorios. Están también las capacitaciones y la plataforma de periodismo narrativo, donde en estos días llevamos publicadas más de 440 crónicas escritas en la Patagonia y en el sur de Chile. No quiero poner un punto final a la discusión sobre si existe o no un periodismo o una narrativa patagónica. Me parece una pregunta abierta, que no tenemos que forzar a que se cierre. Muchas veces me preguntan si hay un periodismo patagónico o una forma narrativa patagónica, y yo insisto: no creo que sea algo estático, de lo que uno pueda sacar una foto y cerrarle la posibilidad de trascender esos límites, a veces muy folclorizados, sobre nuestros territorios y los textos que los narran. Si siempre vamos a hablar de la distancia, del viento, de la subpoblación en algunos sectores, nos vamos a aburrir rápido. Pero creo que, a partir de la experiencia y del ejercicio de escritura, se va fortaleciendo un periodismo narrativo en la región. Los números que te daba recién hablan de una producción enorme, de mucha gente haciéndolo, que puede ser mirada y permite evaluar lo que significó esta experiencia de siete años: darle un marco y un contexto a algo que ya existía, o que estaba subvalorado, y que necesitaba un cauce. En ese sentido, creo que la Fundación hizo un trabajo muy valorable.