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Los Fundamentalistas y la última misa en la Patagonia agrietada

Desde el cielo Comodoro es un espejismo deforme en el desierto patagónico. La sombra de nuestro avión se arrastra entre los arbustos como una culebra. Se observan, casi como si fuera un tablero de ajedrez post apocalíptico, las torres petroleras y las aspas quietas de los inmensos molinos que almacenan la energía del viento. En el fondo, el horizonte es el de un mar turquesa intenso a pesar del día nublado. A nuestra izquierda, un mar furioso explota contra las piedras de las bahías.

Todo acá es hostil, áspero y difícil. Todo tiene alguna de las muchas formas del dolor.

El debut del ignoto Carlos Alberto Solari en los escenarios con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue en Salta, en el extremo más jodido de la Argentina. Hasta allá llegó su banda arriba de un bondi destartalado, a parir este mito. Nadie lo imaginó, pero ahora todos lo entendemos: la despedida del Indio, de este ídolo del barro de la Argentina más profunda, tenía que ser acá, en la otra punta de un país enteramente conmovido por su voz y su poesía.

Hasta acá llegó una tribu sin su Dios. Miles de huérfanos que se enteraron en el camino de la muerte del Indio y llegaron lagrimeando. Hubo abrazos en las terminales entre desconocidos. Pibes y pibas que jamás se habían visto en su vida mirándose a los ojos, reflejando su pena. Como siempre y como nunca, se reconocieron.

La Ruta 3 atraviesa esta ciudad rota en donde la propia geografía separa al pueblo en barrios aislados. Está el mar, sí, pero también los cerros más o menos empinados que dividen a los diferentes poblados. Acá no es fácil amontonarse o movilizarse. La estepa choca contra el Atlántico helado. En el medio hay mucho petróleo y cada vez menos laburo: este año la YPF libertaria de Horacio Marín cambió la matriz productiva y entonces todo debe ser más eficiente, más rentable y menos humano. Hay cientos de despedidos y poca actividad en comparación con los años dorados de la actividad. Las fichas de YPF están puestas en Vaca Muerta y a los comodorenses les soltaron la mano. Ese es el contexto, acá nos juntamos hoy, en una ciudad agrietada.

Desde que se conoció la noticia sobre la muerte del Indio Solari, Comodoro quedó desahuciada. El llanto es lo de menos. Acá el problema es lidiar con la soledad. El Indio, en ninguna de sus formas, le explicó a su gente cómo enfrentar esta situación.

“¿Sabés si se hace el recital? Debería hacerse, mirá toda la gente que está acá y toda la que sigue llegando”. Te lo dice el kiosquero, el taxista, el que hace el check in en el hostel, lo comentan todos. Lo que se vive, sin muchas vueltas, es un estado de confusión. Podés ponerte feliz, podés llorar o podés hacer las dos cosas al mismo tiempo. Nadie en Comodoro y en gran parte de la Argentina te va a saber guiar en este proceso.


Una misa más, en su honor

En el Aeropuerto General Enrique Mosconi el equipo técnico y de “avanzada” de Los Fundamentalistas tiene que darle la noticia a los músicos de que el Indio murió. Y no hay mucho más para decir. La banda del Indio sufre también su propia confusión, pero en medio de una inmensa perplejidad abrazan una certeza: se reúnen muy pocas veces para ensayar, y tocan en un puñado de ocasiones en donde se los permiten. “El destino y el Indio quisieron que sea así”, afirmaron y se convencieron. El show se hace. En su honor, se hace.

Transcurre el sábado y en el estadio se percibe una mezcla de sentimientos atroz, pero en general los encuentros despejan el llanto entre cánticos erráticos. En las veredas del Predio Ferial de Comodoro se instalaron los manteros, los ferneteros, los cuidadores, los vigilantes, los que te dicen por dónde seguir tu camino hacia el ingreso, los que te dicen que descartes la birra, los que te cortan la entrada, está el movilero de C5N intentando sacar alguna declaración emotiva. Estamos acá. Siete mil, ocho mil personas confundidas.

El fenómeno Solari logró trasladarse, como pocos en la Argentina, no solo en el plano temporal sino también en el espacial. Hay ricoteros de todas las edades y en todos lados.

Alguien grita “el que no salta votó a Milei” y muchos otros lo siguen. También se pregonan “La Patria no se vende” y “El que no salta es un inglés”. Desde algún rincón del inmenso galpón techado, un militante bonaerense con una remera de la Comuna 3 agita la bandera de “Cristina Libre”. Hay pibes de Córdoba, de Mendoza, en algún sentido es un recital más. Pero también hay gente que empieza a sentirse rara. Lloran ante el mínimo estímulo.

Los Fundamentalistas tardan en arrancar. Les cuesta, les duele hasta los huesos. El show empieza con canciones bien arriba (“Pedía siempre temas en la radio”, “Un ángel para tu soledad”, “Yo caníbal”) y el público responde con saltos, alegría y pogo. Pero el Indio no preparó a nadie para este momento, tan vivo en su enfermedad, y cuando las pantallas escupieron su imagen avejentada aullando “Nike es la Cultura” llegó el primer golpe de realidad: su imagen no es la “decrepitud” de la que tanto se quejó desde el final de Los Redondos. El Indio que se fue de este plano estaba muy vivo. Carlos no quería morir.

Hubo muchos otros instantes de zozobra anímica. Déborah Dixon, quizás la música que más tiempo compartió en una sala de ensayo con el Indio Solari después de Don Eduardo Beilinson, fue la primera encargada de despedirlo sobre el escenario. “Te amamos Indio, siempre te vamos a amar”, dijo en el medio de “El infierno está encantador”.

Cientos rompieron en llanto con “Encuentro con un ángel amateur”, uno de los momentos más tristes y de angustia colectiva que nos tocaron vivir. Allí Solari apareció en las pantallas cantando los versos más tristes esta noche.

Hubo momentos memorables, pero la mayoría son imágenes de dolor, de rostros estallados y maquillaje corrido, de cabezas derrumbadas sobre hombros ajenos. Al final, la confusión se apoderó de muchos espacios del predio: risas, espasmos de tristeza, pogo, abrazos. Tan extraño como difícil de describir.


¿Qué hacemos con esto que nos desgarra en soledad?

Quizás la mejor manera de entender a este pueblo ricotero en este instante sea respetar su dolor, su angustia y su alegría por pertenecer. Con lo que cuesta.

El fenómeno Solari logró trasladarse, como pocos en la Argentina, no solo en el plano temporal sino también en el espacial. Hay ricoteros de todas las edades y en todos lados. En Comodoro, en este 2026 tan cuesta arriba, se rompió una máxima ricotera. Siempre supimos que esta experiencia cultural se comparte. Prácticamente todos empezamos a escuchar a Los Redondos en una vereda, en una fiesta, en un bar, en la casa de algún amigo. No solo es trasladable entre las personas, sino que nació y perdura como un hecho necesariamente colectivo. Si bien hay un momento en que la música y las letras atraviesan a cada persona, el círculo se completa cuando le decimos a nuestros amigos, a nuestra familia, qué fue lo que nos pasó con la voz del Indio en tal o cual canción.

El viaje al recital de Los Redondos fue siempre en banda y el de Los Fundamentalistas también. Todas las acciones de este camino ricotero, en Salta, en Barcelona o en Comodoro, son en primera persona del plural.

El asunto ahora es cómo cada una de estas almas atraviesa la pérdida del ídolo. Eso es algo profundamente personal; y así como reaccionaron confundidos los cuerpos y las almas en el Predio Ferial, en la primera misa sin el Indio; hoy millones de argentinos intentan descifrar la gran incógnita que nos dejó su pérdida: ¿Qué hacemos con esto que nos desgarra en soledad?

Probablemente por este mismo motivo las misas deban seguir existiendo. Para responder a esta pregunta angustiante, desde ahora y para siempre.

Fotos de Martín Levicoy (@martinlevicoy)