Para Hugo, ese día frío y húmedo de otoño sería un día más en su rutina. 14 de junio de 1976, en Plaza Huincul, Neuquén. Recuerda la fecha porque coincide con el cumpleaños del Che Guevara.
Ingresó a la Escuela General Mosconi, en esos tiempos la ENET 1. Su aula daba al patio interno, justo al lado del baño de mujeres. La clase transcurrió con normalidad hasta que les tocó hora libre. Aprovecharon para hablar de política, un tema que a sus 17 años les apasionaba.
Ante la demora del preceptor para saber si podían adelantar horas, Alfredo se ofreció a ir a buscarlo. El tiempo pasó y Juan, su hermano, decidió seguirlo.
Ninguno de los dos regresaba, así que Hugo emprendió el mismo camino, ya preocupado.
Al salir del aula y cerrar la puerta, se encontró con sus compañeros parados contra la pared, con las manos entrelazadas sobre la nuca. Sin dejar de reírse, les preguntó:
— Pero ¿qué hacen, boludos?
Ellos, con la mirada clavada hacia el otro lado del patio, le susurraron:
— Metete, están los milicos.
Su risa se cortó de inmediato al escuchar una voz prepotente:
— Contra la pared.
Hugo no lograba salir de su asombro hasta que giró y lo vio: de pie, con su traje de agua y el fusil apuntándole. Esta vez, a los gritos:
— ¡Contra la pared, le dije!
No supieron cuánto tiempo estuvieron ahí. Primero sintieron el sonido de los silbatos. Después comenzaron a salir del aula Daniel, Gabriela y, finalmente, el resto de sus compañeros. Al verlos en esa posición, se rieron.
Ya nadie les apuntaba.
Se habían ido. Se habían llevado a Pedro, un alumno de un curso superior.
Lo supieron después.
También que el silbato daba aviso de que habían encontrado lo que buscaban y podían retirarse.
Y que el director era quien los entregaba.

Hugo es quién nos compartió su historia. Hoy tiene una reserva natural en Plaza Huincul con árboles que bautizó con el nombre de todos sus compañeros.
Los que fueron secuestrados y volvieron. Y los que no.