En este momento estás viendo Crisis 1975 – 2025

Crisis 1975 – 2025

  • Autor de la entrada:

Ayer vi el documental Crisis:1975, donde se muestra como las caóticas condiciones sociopolíticas (El Watergate, la Guerra de Vietnam, la violencia creciente, la recesión económica, etc)  que vivía Estados Unidos ese año, generó el caldo de cultivo para la aparición de un nuevo grupo de cineastas (Scorsese, Spielberg, Coppola, Lucas, Altman, etc) que produjo una revolución en las narrativas del cine para dar cuenta del desasosiego de una sociedad abatida. 

Ayer también vi como con un operativo militar inédito del ejército norteamericano en este continente, el presidente de Venezuela, era secuestrado y sacado de su país,  para ser juzgado en Estados Unidos por cargos de narcoterrorismo. 

Ahora bien, ¿Qué pasó en los cincuenta aňos que transcurrieron entre la crisis norteamericana que narra el documental hasta esta realidad incierta? Entre esa nación derrotada hasta esta desaforadamente beligerante. La respuesta no es sencilla, pero se me ocurre arriesgar algunas pautas que pueden configurarla. 

Entre la crisis que retrata Crisis: 1975 y la escena actual de un presidente latinoamericano secuestrado por un operativo militar extranjero median cincuenta años de transformaciones profundas en Estados Unidos. No se trata de un recorrido lineal ni de una simple deriva hacia la violencia, sino de una mutación en la forma en que el país procesó su propia derrota. En los años setenta, Vietnam y Watergate fracturaron el relato de excepcionalidad norteamericana. La desconfianza hacia el poder, el desencanto social y la conciencia del fracaso fueron los síntomas del malestar. Aquella crisis produjo introspección, duda y una imaginación crítica poco habitual en una potencia imperial. Sin embargo, ese gesto no se sostuvo. En las décadas siguientes, Estados Unidos optó por una salida hacia afuera. La recomposición del poder no se apoyó en la autocrítica, sino en la reafirmación militar, económica y simbólica. El avance del neoliberalismo, la erosión del pacto social y la incapacidad de resolver conflictos internos desplazaron la tensión hacia el terreno de la seguridad. La fuerza pasó a ocupar el lugar de la política. 

A este giro debe sumarse una motivación material concreta: la apropiación y el control de recursos energéticos estratégicos. El petróleo, el gas y las rutas de abastecimiento se convirtieron en piezas centrales de la política exterior estadounidense. Bajo el lenguaje de la seguridad, la lucha contra el crimen o la defensa de la democracia, se desplegaron intervenciones destinadas a garantizar el acceso privilegiado a esos recursos, especialmente en regiones periféricas. La guerra dejó de ser solo una respuesta a amenazas y pasó a funcionar como herramienta de administración del orden económico global.

La derrota de Vietnam no clausuró la vocación intervencionista, sino que la reformuló. Salvo la ocupación durante 20 años de Afganistán, las grandes guerras dieron paso a operaciones puntuales, excepcionales, amparadas en enemigos difusos: narcoterrorismo, amenazas transnacionales, Estados considerados fallidos. Esa definición habilita una expansión casi ilimitada de la intervención. Cualquier territorio puede convertirse en amenaza. Cualquier líder incómodo puede ser criminalizado. El derecho internacional queda subordinado a una lógica de seguridad global definida unilateralmente. En ese marco, la ilegalidad se volvió doctrina y la excepcionalidad, norma. 

Screenshot

Tal vez la pregunta que hay que hacerse no sea solo qué ocurrió entre aquella nación abatida y esta potencia exageradamente belicosa, sino qué se perdió en el camino: la capacidad de mirarse a sí misma desde el límite, la duda y la conciencia del daño. Lo que alguna vez el cine supo narrar, hoy parece haber quedado fuera del campo de lo pensable, no es casualidad que la película más esperada para este año sea la nueva de los Avengers.