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Los fanáticos al poder: ustedes lo pedian, ustedes lo querían

Hace algunas semanas la periodista Flavia Tomaello escribió en Clarín una nota muy interesante sobre aquellos fanáticos de películas y series que comentan esos contenidos más que lo que los miran. El fenómeno se llama “fandom hiperactivo” y está basado en informes sobre generación de contenidos en Telegram, Tik Tok y X. Los nuevos streaming-videntes marcan tendencias opinando sobre los personajes y juegan constantemente a anticipar los finales de sus series favoritas. Lo particular del caso es que los productores y directores toman cada vez más en cuenta estas opiniones y admiten que sus creaciones suelen ser influenciadas por estas hordas hambrientas de argumentos apropiados para dejarlos satisfechos con sus expectativas.

Un estudio publicado recientemente por la National Public Radio (NPR) de EE.UU., los creadores del famosísimo ciclo musical Tiny Desk, reveló que el 68% de los seguidores de series y artistas comenta o comparte contenido relacionado con sus fandoms al menos una vez por semana. La misma investigación señala que apenas un 32% consume de manera pasiva, es decir que muchos espectadores priorizan la interacción y el debate sobre la experiencia lineal de ver la serie.

El artículo surge en medio del furor por la última temporada de Stranger Things, pero advierte que a futuro este fenómeno puede ser fundamental para los estudios audiovisuales y las productoras que crean las ficciones. La presión de los fandoms es tal que redefine cómo se hace y cómo se disfruta una serie o una película.


Los productores de Stranger Things reconocieron haber adaptado algunos detalles del final de la serie para sincronizarlos con las expectativas de los fans, conscientes de la presión que ejercen en redes.

El miedo al “fan enojado” viene desde hace varios años. En 2019 se emitió la espantosa temporada final de Game of Thrones, apurada por concluir una historia en donde todos los nudos argumentales queden atados. Los libros ya habían contado todo lo que se podía y no había tiempo para que George R. R. Martin le dé una forma literaria al desenlace. Entonces los showrunners David Benioff y Daniel Breint Weiss, los tipos que se encargan de escribir los guiones, crearon un Frankenstein imposible de comprender. La temporada se desarrolló con un frenesí imparable en donde no había lugar para segundas lecturas. Nunca se supo por qué tomaron esta decisión, pero durante mucho tiempo se pensó que Benioff y Weiff trabajaron para dejar contento al monstruoso fandom de GOT.

Los episodios transcurrían sin tiempo para nada más que la acción, todo se tenía que resolver en cuestión de minutos y el resultado fue decepcionante. Lo paradójico fue que una vez concluída la serie un gran grupo de fanáticos, enojados por el ordinario final, elevaron una propuesta formal a la plataforma de firmas y presión social, Change.org, para que se vuelvan a rodar los últimos capítulos. Reunieron más de 320 mil firmas digitales y aunque no consiguieron su bizarro objetivo, dejaron un antecedente complejo de digerir: si no me gusta, quiero que lo hagas de nuevo y lo voy a hacer notar.

Desde entonces, en las carreras de Cine y Medios aparecieron los conceptos de “cultura participativa” y “contenido generado por el usuario”. Es decir que la industria bajó la advertencia a los nuevos creadores de mensajes como “comunidades que intervienen indirectamente en la generación de contenidos”. Pero, ¿qué tan “indirecta” es esta presión digital?

Ante cada estreno global, los fandom inundan Reddit, Telegram, TikTok y hasta generan podcasts en los que comentan cada detalle de series y películas. Hoy ya no hablamos de críticas sino de influencia, una influencia peligrosa sobre cómo se desarrolla, promociona e, incluso, concluye una producción audiovisual. Es decir que los fandoms generan sus propios consumos culturales para transformar a los guionistas en marionetas. 

Al mismo tiempo la página web de Fandom, la plataforma mundial de Wiki (los creadores de Wikipedia) que congrega a las tribus de cada nuevo contenido digital, reporta más de 350 millones de visitantes únicos mensuales a través de sus más de 250.000 comunidades.

En 2018 Jimmy Donal “Jimbo” Wales, uno de los creadores de Wikipedia, fue nombrado como co-presidente de Fandom.  El 3 de octubre de 2022, la plataforma compró a varios de sus competidores como GameSpot, Metacritic, TV Guide, GameFAQs, Giant Bomb, Cord Cutters News y Comic Vine de Red Ventures. Prácticamente todo lo referido a críticas de series y películas se aglutinó en una sola plataforma mundial.

Hoy Fandom es la nave madre de muchas de las comunidades que siguen a su manera las alternativas de cada serie, película o edición de un libro o lo que sea que quieran defender a capa y espada.


Esa extraña influencia

Variety, el semanario estadounidense dedicado al cine y a la cultura popular, realizó un estudio que demuestra que el 54% de los productores estadounidenses admite ajustar tramas o campañas de marketing en tiempo real debido a la retroalimentación de fans en redes sociales.

Los productores de Stranger Things, por ejemplo, reconocieron haber adaptado algunos detalles del final de la serie para sincronizarlos con las expectativas de los fans, conscientes de la presión que ejercen en redes.

¿Y qué pasa con la música?

Citamos dos ejemplos que por estos días llegaron a varios artículos de medios nacionales e internacionales que grafican a quienes toman la iniciativa sobre sus fandom en la música. En el caso de Taylor Swift, su equipo de management (Taylor Nation) fomenta la participación activa mediante “streaming parties” y desafíos en redes sociales que consolidan la comunidad y aumentan el alcance global de su música.

Los fans de K-pop llevan esta dinámica al extremo: coordinan campañas de visualizaciones, hashtags y merchandising, generando un efecto colectivo que incluso impacta en rankings y ventas.

El fenómeno mundial de los fandoms hambrientos de contenidos “a la carta” amenaza con influir directamente en todas las producciones. Este es justamente el argumento central de una de las mejores series del año, The Studio, una comedia que muestra cómo un estudio de Hollywood moldea sus films a gusto de estos fandoms y cómo desplazan a sus empleados por decisiones que por momentos parecen tan ridículas como los procesos que atraviesan hoy las industrias culturales en discusión.

Ya tenemos la certeza de que lo que ocurre en The Studio es cierto: lo que miramos y escuchamos está amoldado a un canon pretendido por audiencias posibles, proyectadas a escala global. Y perder audiencias es perder dinero, así que los dueños de la cultura de masas (que apostaron dinero de su bolsillo) lo último que quieren es sufrir el escarnio público y terminar con fracasos financieros irremontables.

En el medio de esta discusión estamos nosotros, los que todavía tenemos ganas de sorprendernos con algo. Aquellos que celebramos los giros argumentales de producciones como Ozark, las construcciones actorales apabullantes de tipos como Billy Bob Thornton (alejados de cualquier muchedumbre de fanáticos) y la necesidad de guiones originales y salidas sorpresivas como sucedió con la Fleabag de Phoebe Waller-Bridge. ¿Qué sería de obras maestras como Los Simuladores, Okupas, The Wire o Succession? ¿Cómo se concebiría una historia tierna y aplastante como la de Jeffrey Tambor en Transparent?

¿Cómo frenamos a este ejército de inseguros que exigen a los gritos que todos comamos arroz con queso hasta la muerte?