¿Puede ser que a todos les guste todo? ¿Qué tendrá que ver con el insert de Internet en la vida real? ¿Puede que sea un derivado de la cultura del clip? O sea, no te gusta algo, sino que te gusta el clip de algo, la cliperización, el out of context elevado a una forma dominante. El otro día escuché que es una de las razones por la cual ganó el presidente. ¿Será cierto? ¿Cómo puede ser que un clip sacado de contexto voltee a alguien y también lo pueda coronar? ¿La gente “sabe” o solo explica cosas haciendo que sabe, acomodando palabras para parecer informada? Me pongo a pensar… El pelado inglés de bata y pantuflas que ahora es DJ. Otro caso: la chica esta que escucha música de la colección de discos de su papá muerto. Heartwarming, sí, pero… ¿es la pose? ¿Haría lo mismo si los vinilos no estuviesen de moda? Otro ejemplo: los cocineros de TikTok. ¿Cómo se sabe que algo está bueno si el gusto y el olfato no se pueden transmitir por una pantalla? ¿Cómo se certifica la autenticidad sin sentidos? ¿Queda solo la estética del plato, el acting del cocinero, la ilusión de expertise?
El desprecio entre subculturas es algo fascista y sé que fomento la intolerancia y la ‘violencia simbólica’, sí. Pero… existe desde siempre. Y había un orden tácito ahí, claro e incómodo. Éramos felices sabiendo que en las fiestas o eventos que acudías ibas a encontrar a cierto tipo de gente. Lo que eran los rollingas, los floggers, los chetos, los metaleros. En 2025 existen las ‘fiestas como experiencias’. Lo único que importa es pertenecer, no hay otra cosa. 20 años atrás había terreno delimitado, códigos no escritos, gente que sabía que se metía en lugares que no se tenía que meter. Internet puede que haya abolido el desconocimiento: ahora todos sabemos todo, mejor dicho, fingimos saber. El sabio de esta era no es el que sabe, sino el que defiende su verdad aunque sea una verdad mínima, pobre, mal fundada. Y desprecia lo que dicen los demás con la convicción de quien sostiene una religión privada. El sesgo deja de ser sesgo y empieza a ser campo de batalla. Y gana el que más grita. Vuelvo a pensar en cómo hizo el presidente para ganar sus elecciones.
El humano en la virtualidad sacrifica features (capas) en pos de la validación universal. Se nos entrena para complacer, como si la identidad de cada individuo fuese un producto que necesita alcance.
Hay una diferencia abismal entre lo que nace de una convicción y lo que se fabrica para el algoritmo. Lo digital orgánico soporta la gravedad del mundo físico; no se rompe a la primera. En cambio, los conceptos forzados de esta era (miremos a los chamanes virtuales, los influencers de la espiritualidad new age) son pura escenografía. En ellos opera la economía de la ilusión: venden la estética de creer en algo sin el trabajo de profundizar. Es un simulacro que, al rozar la realidad, revela su naturaleza plástica. Es el verdadero “amiga date cuenta”. Fuera del feed de Instagram no tienen sustento. Por eso entiendo que cuando algo sucede orgánicamente en el mundo (un gesto, un artista, un movimiento chico, una fiesta honesta) eso tiene potencial de impactar globalmente, no localmente. Tenemos aquí la fórmula del éxito pospandémico: verdad + timing. Si eso no sucede, o si lo querés generar desde cero, aparece el otro camino: la ingeniería del impacto. Y ahí, en lo digital, hay miles de recetas. Pero no soy ningún boludo: sin una fuerza externa que sostenga la ficción (sea estructura, recursos o conexiones invisibles), es imposible disfrazar lo inerte de vivo. Sin esa maquinaria, es muy difícil lograr la transformación de algo plástico en algo real. A la larga, siempre se ven los hilos. Quizás por eso quiero que vuelva el desprecio entre subculturas. No por el odio (que ya es algo de todos los días) sino por la fricción: ese borde donde algo se define por contraste. Donde sabías quién eras porque había un otro que no te entendía, o no te registraba. Ese roce que hoy se reemplaza por clips, por trends de TikTok, pequeños simulacros de pertenencia. Tal vez el problema no es que todos escuchen de todo, sino que nadie crea realmente en nada. En ese vacío, cualquier presidente puede reinar.