El director neuquino Miguel Zeballos estrena Un mundo abandonado, una película filmada en Moquehue sobre la ausencia y el duelo. Se proyectará por primera vez en el Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro.
—¿Qué sucedería si entro al lago y nunca más salgo? —se pregunta Miguel Zeballos mientras contempla el Lácar desde la playa de San Martín de los Andes.
Está sentado junto a su pareja de entonces y su hijo. La pregunta lo estremece. De alguna forma lo ronda hace rato: intenta dimensionar el peso exacto de la ausencia. La lleva en el cuerpo: son sus muertos los que le duelen. Pero recién ahora puede transferir esa tristeza a una escena imaginada.
Entonces empieza a escribir El hombre del lago, una historia simple donde un padre desaparece y deja a su esposa y a un niño pequeño, que al principio lo buscan, pero luego los esfuerzos se van diluyendo hasta el insoportable punto final de la aceptación.
Con los años, ese primer impulso se convierte en un guion sobre una madre y un hijo que deambulan en un espacio real o irreal, en un limbo, juntando las partes en que los fraccionó un duelo.
Con los años, va a filmarlo a la nieve y a la gélida belleza que imponen el lago Moquehue, sus bosques de pehuenes y el silencio del invierno, con un elenco entrañable que componen Inés Efrón, el uruguayo Alfonso Tort y un niño de Villa Pehuenia, Borja Recalde.
Y ahora, más lejos aún, una película. Otra más en su carrera de director de cine, pero de todas, quizá la que más necesitaba hacer.
Un mundo abandonado se proyectará por primera vez en el Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro. Todo un oxímoron. Lo que impone es el frío y la pregunta: ¿hasta qué punto se puede aplastar un corazón? Lo que sostiene ese desasosiego es la delicadeza de la poesía, el trazo sutil de la mirada de Zeballos, capaz de encender lo más primario de la humanidad sobre el hielo.
— Decís que los personajes de Un mundo abandonado están en un limbo. ¿Qué tipo de limbo es? ¿Sobre qué bordes se sitúan?
— Siempre me gustó la idea de plasmar la ausencia entendida de varias maneras. Había dos posibilidades: una es que él abandona a su mujer y a su hijo, y otra es que él muere. Lo que sí sucede durante toda la película, a lo que el espectador asiste, es a contemplar a una mujer y un niño medio perdidos ahí, que no saben qué hacer, deambulando, sin poder reconocer esa pérdida, esa ausencia, ese duelo. Hay un momento en que Inés Efrón dice: “Si te fuiste, si desapareciste, o si moriste, ya no nos importa, porque no te esperamos”. Para mí ese momento, esa frase que apareció mucho después de editar la película, un poco explica que no importan las circunstancias, sino lo que queda, que es el vacío. Es una película muy contemplativa, donde no hay tantas situaciones narrativas. Es un estado, donde los cambios son muy sutiles.
— ¿Cuánto de tu corazón tiene esta película? ¿O qué de vos tiene esta película?
— Todo. Bueno, todas las películas son personales, pero esta película en particular es muy personal. La muerte me golpea mucho, muy fuerte, y supongo que, sobre todo en las últimas cosas que fui haciendo, siempre fue apareciendo de alguna manera. Todo lo que fui atravesando, de alguna manera, con la figura de mi papá, con su presencia, con su ausencia, con su muerte. Todo lo que fui atravesando estos 12 años como padre. Sí, es muy personal. A veces creo que es demasiado. No sé si puedo volver a ver la película. Pero es la película que tenía que hacer. Hay algo de la humanidad, o de la existencia, ahí puesta de una manera muy honesta. Lo honesto tampoco implica que la película sea buena o mala. Pero bueno, eso es otra cosa. Te puede no gustar, pero está hecha con el corazón en la mano.

Una elegía en Moquehue
Aún era pandemia, aunque faltaba menos. Miguel Zeballos quería rodar en la nieve en julio de 2021. Sabía lo que quería mirar y registrar. Tenía una producción exigente que abría todas las puertas. Para Villa Pehuenia-Moquehue era la posibilidad de posicionar al destino como un lugar de locaciones, una inyección de dinero para prestadores turísticos. En fin, laburo para el pueblo, en tiempos muy difíciles.
De pronto estaba todo: un equipo entero, un set de filmación, un niño actor sin experiencia que había arrasado con un casting. Todo y todos frente a un lago a 325 kilómetros de la capital neuquina, apoyado en la columna de la cordillera, en la espesura del invierno. La bruma, el horizonte rosado, el rugido casi imperceptible del bosque, las locaciones montadas: una película en marcha en Moquehue. Sólo faltaba la nieve. Pero aunque tardó y los hizo cortar clavos, de pronto llenó todo de espesura y silencio.
— ¿Por dónde se filtra la luz en Un mundo abandonado? ¿Dónde están esos destellos más allá de la muerte?
— Hasta ahora, de las devoluciones de las pocas personas que la vieron y lo que yo creo, hay como una especie todavía de cortocircuito. Yo entendí que esta propuesta era un drama y no había ningún destello ni posibilidad de luz en ningún lado. Me parece que la muerte es terrible, y lidiar con la muerte y con la ausencia es la experiencia más triste de la vida. Y para mí es todo drama y oscuridad en esta película. Pero bueno, me sorprendió que un par de personas me dijeron que tiene algo luminoso por momentos, supongo que también es como cada uno se quiere agarrar de ciertas cosas también, ¿no? Hay gente un poco más optimista que otra y por ahí encuentra luz en varios lugares, no le veo ningún rapto de luminosidad.
— ¿Qué implicó filmar en Moquehue?
— Fue una experiencia alucinante, de verdad. Lo digo sinceramente. Estábamos saliendo de la Pandemia, y nos fuimos un mes con un equipo de 20 personas a un lugar en el que nunca había imaginado la posibilidad de filmar. Fue muy increíble, muy increíble lo de Moquehue. O sea, al punto de que yo terminé el rodaje de esa primera etapa en el 2021, después volvimos en el 23. Pero cuando volví, dije: “Listo, ya está”. Había algo en mi vida que estaba acabado, esas cosas en que uno trabaja tanto, o obras, o lo que sea. Trataba de decirme: “Bueno, amigo, tenés que editar una película y terminarla. No se terminó acá”. Pero había una sensación de felicidad con el rodaje muy fuerte, y una cosa de grupo, de unión. Nunca me había pasado algo así. De hecho, yo volví a Buenos Aires y estuve muy deprimido. Estuve muy deprimido como dos o tres meses, que no podía encarar la vida. Fue algo que me sale decir espiritual. Hubo algo espiritual ahí con la felicidad, que llegó a un punto cúlmine para mí, en lo personal.
— ¿Quizá ahí esté la luz?
— Puede ser, fue un punto muy alto, muy luminoso. Yo filmé lo que quería filmar, algo que nunca pensé que iba a poder hacer con todas las dificultades que conllevan hacer una película y llevar 20, 25 personas, trasladarlas 1500 kilómetros. Y más allá de eso, como el nivel de conexión que había con el equipo y con los actores, no hubo, digamos, eso. Dije: “Esto es insuperable, esto no me va a volver a pasar”. Pero no la realidad de lo que pasó, sino la sensación.
— La mejor tarde del verano.
— Eso, claro, y después ya está.
— En Borja también está la luz.
— Borja fue lo más. Todo el mundo de Borja: su mamá y su papá y su familia, acompañando todo el rodaje también. No lo siento sólo como el niño, siento toda esa familia, muy presente y ayudando y colaborando, no solo con la presencia del actor, niño actor, sino con todo. Para mí es difícil el mundo de niños en sí, muy difícil, pero estaba muy bien rodeado. De hecho, había unos chistes que decía Borja: “Para lo único que existe el director es para decir acción y corte”. Tenía nueve, ahora tiene catorce. Es muy fuerte, también es muy fuerte. Y toda su sinceridad a flor de piel en ese momento. Fue hermoso a pesar de mi torpeza. Yo soy bastante torpe socialmente, y no sé muy bien explicar a veces las cosas. Pero esta película estuvo muy bien acompañada todo el tiempo con gente muy conectada con lo que estábamos haciendo. La verdad que fue muy fácil todo.
Hay una forma de narrar en Zeballos que hace que todo parezca muy simple. Quizá lo sea, más allá de las distancias, la nieve, las pandemias, los caprichos, los caminos, las grupalidades, las luces y las sombras, el mundo que hay que crear y también saber abandonar para hacer una película.
Él no puede decirlo —no corresponde y no lo haría—, pero se trata ni más ni menos que de tener una mirada tan noble para decir cuán humano, cuán torrencial es el dolor de una ausencia. De ser capaz de hacer de lo insostenible un gesto de belleza, una elegía que nos hace arrodillarnos a contemplar de frente la tristeza.
Ficha técnica
Un mundo abandonado / Escrita y dirigida por Miguel Zeballos.
Elenco: Inés Efron, Alfonso Tort y Borja Recalde Producción: Ojo Blindado Cine (Argentina) Productora ejecutiva: Sandra Gugliotta Productora Asociada: La Mayor Cine (Uruguay) Duración: 75 minutos Música: Luciano Superville/ El asesino del romance Dirección de fotografía: Armin Marchesini Dirección de arte: Laura Echegoyen Vestuario: Yuruani Rodríguez Dirección de sonido: Federico Moreira Edición: Juan Loustaunau, Fernando Epstein, Miguel Zeballos Año: 2026