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Los Fabulosos Cadillacs en Neuquén: una noche junto a vos

Como si fuera época de abundancia, y también con algo de torpeza, exagero en la fuerza con la bombilla metálica y en el tacho cae más de la que pensaba cambiar. Vuelvo a llenar el mate con yerba nueva y le tiro un chorrito de agua caliente para que se vaya asentando. Pongo desde el celular Rey Azúcar pero el primer play es al track 5, que empieza a sonar en el parlantito JBL que asoma en la biblioteca. Pienso en que mis amigos de La Estafa Dub hicieron una versión preciosa de Ciego de Amor para un compilado que se editó en México, y noto un ánimo de cierta injusticia al evaluar que no es una de las canciones más famosas de la banda que amamos. Ya pasaron más de 48 horas del show de Los Fabulosos Cadillacs en el Ruca Che, que fue el epicentro de un fin de semana familiar. Porque vino gente de lejos para verlos, porque el asado, el fútbol desde el sillón, los patines en río, la escapada a la heladería infringiendo las reglas, y la ronda de chistes aptos para infancias fueron actividades satélites a esa enorme excusa: los Cadillacs volvían a Neuquén, y con ellos nunca se sabe si es la última.

Cuando el recital entraba en su último tercio, Vicentico se acercó mucho a Florián. Su hijo, su guitarrista, su corista lo observó un poco de reojo, casi inquieto. Estaban interpretando “Carnaval toda la vida” y el progenitor dejó durante todo el estribillo de mirar al público. “Que se te va pasando el tiempo, y que la vida se te va” le entonó prácticamente al oído. Sus ojos estaban vidriosos y la expresión facial era de indescriptible placer. Florián seguía en lo suyo, no sé si un tanto incómodo, pero notando esa cercanía física y seguramente también la otra. Vicentico es un tipo bastante parco, no es alguien que derroche simpatía, no oculta jamás la cara de culo, y ahí se lo notaba abstraído. ¿En qué pensaba? ¿En qué loco estar tocando con su hijo, sus amigos, y el hijo de su compinche en la banda que fundaron hace más de 40 años? ¿En qué grande está el pibe? ¿En qué canción hermosa que nunca va a pasar de moda? ¿En qué habría para cenar? ¿En que ojalá le vaya bien al Gallego Insúa en el nuevo ciclo? ¿En que su cachorro es más parecido a él que a la madre?

Tal vez eso es lo más lindo de todo. Podemos conocer historias, inspiraciones, anécdotas, pero nunca sabremos en qué piensan los artistas cuando ejecutan sus obras cumbres. Y lo que estaba pasando abajo era demasiado fuerte. Había cerca de cinco mil personas reventando un estadio con más baile que pogo, con más ibuprofeno y omeprazol que cerveza, con un cancionero aprendido y repasado durante las últimas cuatro décadas que no fue necesario googlear para cantarlo de punta a punta.

Me dio la sensación de que Florián evitó mirar a los ojos a su papá. ¿Por qué? ¿Pensó un “correte un poquito que te voy a pegar con el mástil de la viola”? ¿Supo que tocando la guitarra tenía que postergar el abrazo? ¿Temió lagrimear? Lo “relojeó” toda la canción, pero nunca se le puso de frente. Fue precioso. Estaba sucediendo en ese instante, era tan genuino como la banda entera, como la banda misma.

Pensé en grabar para compartir en mis redes y presumir lo privilegiado que soy por haber visto ese show, pero ese momento no tenía forma de captarlo. Ni una foto ni un video hubieran llegado al punto. Ya había perdido en el campo a mi hermana y cuñado, y desde mi nueva ubicación no me daba el ángulo para mirar a la tribuna buscando a mi viejo. Lo hubiera mirado inmediatamente, como hice antes y después, pero justo ahí no tenía forma.

Llegamos temprano pero no tanto. Parecía sapo y no fue. El campo del Ruca Che no llegaba a estar cubierto ni por la mitad cuando faltaba media hora para el inicio. En las tres tribunas había butacas vacías, asientos sobraban. Le indiqué a mi papá cuál era un buen espacio y allá subió Miguel buscando comodidad. Se ve que la indicación no fue tan precisa, porque sentó el culo bastante antes de llegar, y con un error de principiante: no guardó los tres lugares más que hubiéramos requerido los de abajo. Mi intención era ir a esa platea promediando el espectáculo, y ver la experiencia desde arriba, observar el salto de ese mar de cráneos. Y también conversarlo con él, claro, porque mi papá pregunta mucho, porque yo disfruto de hablar de música. Vi dónde se sentó y supe que eso no iba a pasar, el concierto lo veríamos entero separados.

Arrancaron con una intro habitual y engancharon “El genio del dub”. Miré a Mario Siperman y pensé que es un tipo adorable, que parece muy serio pero no, y recordé momentos compartidos. Inmediatamente llegó el primer gran sacudón porque ”hay que sacar, hay que saca-a-arla del po-zociegooo” y para poner a prueba la resistencia de nuestros gemelos completaron la trifecta del amor con “Manuel Santillán, el León”. Nunca te olvides, el llanto de la gente va hacia el mar. Acá no tenemos, pero el Limay para allá navega.

Podemos conocer historias, inspiraciones, anécdotas, pero nunca sabremos en qué piensan los artistas cuando ejecutan sus obras cumbres. Y lo que estaba pasando abajo era demasiado fuerte. Había cerca de cinco mil personas reventando un estadio con más baile que pogo…

El Sr. Flavio es un yanotangordo precioso, y además de tocar como los dioses no pierde un segundo de vista a Astor, su robusto hijo que está siempre a punto de reventar un parche de un dedazo. Al costado, en una foto hermosa, Toto mira. Todo no vigila, Toto disfruta. “Todo es familia acá”, pienso mientras me doy cuenta que varias veces por canción miro a la tribuna para identificar a mi viejo. ¿Y sabés qué? Mi hermana está al lado mío y hace lo mismo. Los dos nos damos cuenta de que el otro también lo hace, pero no nos decimos nada. Sol chusmea para arriba, pero no sé qué piensa. Intuyo, supongo, pero no sé. Lo encuentro siempre de pie y pienso que algunos temas pudo haberse bancado abajo. También sé que ahí ve más y mejor, y que tanto no le insistimos. Se abrió el abrigo, está acalorado porque agita los brazos y aplaude con fuerza, como para que suene. Canta lo que se acuerda, que es mucho más de lo que él mismo hubiera apostado.

En enero de 1996 estábamos veraneando en Villa Gesell. Yo tenía mi brazo hábil enyesado porque me había fracturado el radio haciéndome el arquero, por lo que mis movimientos eran inocultablemente torpes. En las radios del pueblo ya meses antes había empezado a sonar “Mal Bicho” y la versión de “Strawberry Fields Forever”. Yo no tenía puta idea de quién era Debbie Harry, pero sí los Beatles. Caminaba por la Calle 3 y en la misma cuadra del boliche en que años más tarde un grupo de rugbiers mató a golpes a Fernando Báez Sosa, un cartel pegado con cinta scotch en una ventana decía que vendían entradas para Los Fabulosos Cadillacs en el Autocine. ¿Acá hay autocine?, preguntó mi hermana quinceañera sorpredida. Yo no sabía, pero me importaba tres carajos. Tocaban los Cadillacs y luego de Vasos Vacíos y Matador todos en casa sabíamos sus canciones.

Ese fue mi primer recital de rock. Antes, en el pueblo había visto a León Gieco, a Tarragó Ros, e incluso a Mercedes Sosa, pero siempre en una edad que me hacía preocuparme más por las empanadas. Nunca había estado en un show “grande” y por supuesto que compramos dos entradas. Unas horas antes del recital, y andá a saber por qué, mi hermana decidió no ir. Miguel tiró el siempre listo boy scout y allá partimos. ¿Lo hizo para que no vaya solo? Ni en pedo, si algo no tuvieron jamás mis papás fue miedo, y si algo sobró desde siempre fue confianza para saber que aunque tuviera 14 jamás me expondría a un riesgo. Él quiso ir porque le gustaban las canciones, y la duda de hoy es por qué no fue parte del plan original. Qué se yo.

Treinta años y medio pasaron entre un show y otro. La misma banda, protagonistas casi idénticos. Claro, en el medio ellos fueron y vinieron, sacaron discos, criaron músicos de rock, hicieron carreras solistas, Sergio Rotman se cortó los dreadlocks y se dejó unos rulos maravillosos, se convirtieron en los responsables del soundtrack de dos generaciones. Siguieron la luna, llegaron lejísimos.

Pasaron casi todos los hits que se te ocurran. Emocionó “CJ”, en “Los condenaditos” Vicentico sacó el tanguero a flor de piel y metió “La última curda” y Flavio tocó solísimo el Himno Nacional Argentino que fue coreado en el mood futbolero. No hicieron “Yo te avisé”, que rarísimo, ni “Silencio hospital” ni “Basta de llamarme así” pero qué injusto sería ponerle el foco a las que no estuvieron. “Padre nuestro” llegó en versión Pablito Lescano y no sé si era pista o Mario lo tocó de esa manera y con el sonido exacto que da sed, el de la cumbia villera.

Había buffet porque el Ruca Che está muy coqueto para recibir a la Copa Davis, había olor a perfume y kiosquicadillac con variada oferta. Sacrifiqué medio tema para ir a comprar una remera y no pude volver a recuperar el lugar. Ahí supe que estaba lleno hasta las tetas, antes no lo había percatado. Seguramente mi papá ya lo sabía, porque lo miraba desde arriba. No, no es una metáfora de la muerte, estaba gritando como un loco que en el quinto centenario no hay nada que festejar.

Qué frío hacía, noté que a pesar del bailongo no me había sacado la campera. Tenerla en la mano es un garronazo y no me fijé si en el buffet había guardarropa. La remera comprada es para un cuerpo improbable, angosta y larguísima. Sé que no voy a llegar a usarla. Es la que conseguí en talle gordo, la roja que me gustaba no estaba disponible. Flavio se puso la máscara de luchador pero no anduvo en skate. Y él fue mejor, se la llevó.

Volvimos charlando en la camioneta. Siempre hay un pez más gordo, ya no lo mires más. Que faltó tal, que qué hermosos suenan esos vientos, que se sale rápido. ¿Dónde estacionamos? Mamá había comprado empanadas, la de pollo nadie la eligió. Mi sobrina no aguantó la espera y roncaba en el sillón. Dolían las gambas. Con esta banda nunca se sabe cuándo es la última. Un poco nos prometimos repetir la movida, pero nadie dijo nada.

Habíamos visto a los Cadillacs treinta años más tarde. Eran los mismos. ¿Y nosotros?

Fotos de Oscar Livera@oscarkcholivera