Correr contra el fuego

Mientras el Gobierno abre la tranquera para que los multimillonarios del mundo se compren un pedazo de la Argentina, los pueblos de la Patagonia arrasados por los incendios se vuelven a reconstruntruir como pasa cada año. Siempre es igual, una y otra vez: una épica monumental, sin ayuda del Estado, en donde las personas solo pueden sobrevivir y sostenerse si permanecen en comunidad.

Por Nicolás Bustamante

Fotos de Carolina Blumenkranc

Es otro marzo seco, ventoso y caliente en la zona de El Bolsón y Lago Puelo. Maxi sale a pedalear rumbo al norte otra vez, hacia el lado de Mallín Ahogado. El desafío es en subida, exige el cuerpo concentrado y la mente en blanco. 

Llega al punto de retorno, a unos veinticinco kilómetros de su casa, con el cuerpo agotado y el aliento agrietado. Busca aire moviendo la cabeza hacia arriba sin encontrar una sola brisa fresca. Frena y gira levemente para emprender el regreso. Se detiene un instante mientras descubre, con la altura a favor de la vista, cómo crece en el cielo una columna de humo espesa y oscura. Vuelve a respirar profundo mientras hace una toma panorámica del paisaje. No hace falta que nadie se lo explique. Conoce la zona, conoce el clima de ese día y sabe, con la certeza que da la experiencia, que el fuego puede ser feroz.

Maxi decide volver inmediatamente, acelera y ya no le presta atención al camino. Mira el horizonte, toma con determinación el manubrio y suelta los frenos. Pedalea con fuerza y pierde precisión: las cubiertas de la bicicleta chocan contra las piedras grandes una y otra vez. El corazón se le adelanta a las piernas. Cada kilómetro que recorre confirma lo que temía: el humo está demasiado cerca de su casa, de su familia.

Cuando llega, encuentra a Julia y a Teo en el patio, mirando hacia el frente de la casa. El incendio crece segundo a segundo. En cuestión de minutos las llamas ganan terreno. 

Hace años que Maxi y Juli tienen esta pesadilla en secreto. Ahora está Teo mirando junto a ellos, y a él no le pueden contagiar este terror. Deben tranquilizarse, demostrar lo que se aprendió ayudando a otras familias que perdieron todo por el fuego. Acá el pánico quita tiempo, y el tiempo te salva. 

Maxi se sube al auto, carga el baúl con lo esencial y maniobra hasta estacionarlo mirando hacia la salida. Discuten y él decide quedarse a defender su casa. Juli y Teo le dan un abrazo fuerte, angustiados, y  salen a pie por la ruta mientras el humo los envuelve. Entonces ven a sus vecinos atemorizados, camionetas cargadas yendo y viniendo. La cercanía del fuego carga los cuerpos de urgencia. Teo está aterrado. Unos amigos los levantan con su camioneta y se los llevan por una calle paralela para escapar más rápido del barrio.

Después otro grupo de vecinos empieza a llegar para ayudar a Maxi, todos con la mirada fija en las llamas. Y como si el día no hubiera dado ya suficiente, con el correr de las horas surge un segundo foco, a la misma distancia pero en otra dirección. Ese nuevo incendio —que más tarde se sabrá que fue intencional—  arrasa varias viviendas hasta fusionarse con el primero. La columna avanza hacia la montaña devorando ladera tras ladera.

La tregua llega recién a la una y media de la madrugada. Sus narices perciben entonces el olor a humedad en el ambiente, que impregna todo el vecindario en cuestión de minutos. Empieza a llover con fuerza y en los días siguientes, el fuego queda reducido a la zona de montaña, donde ya poco se puede hacer salvo esperar.

Maximiliano López tiene 42 años, es atleta de alto rendimiento y hoy vive tanto de los alumnos que tiene desperdigados por todo el mundo como de su actividad profesional. Compite  en  carreras de trail running por senderos naturales, bosques y todo tipo de terrenos. Allí el cuerpo es llevado al extremo, con distancias épicas superiores a los 40, 50 o 100 kilómetros. 

El episodio del incendio frente a su barriada cambió todo. Cada día de viento fuerte su hijo Teo vuelve con su mente y su cuerpo a esa tarde de humo y sirenas. La herida fue cicatrizando con el tiempo, pero la calma nunca es definitiva en esta tierra: el fuego, tarde o temprano, aparece cerca.

Con los años Maxi creó su propia carrera, Cabeza de Indio, que en este 2026 cumplió doce ediciones. La organiza junto a su amigo Sergio. Como consecuencia de los incendios, hace tres temporadas tuvieron que cambiar el circuito porque el fuego arrasó el lugar donde corrían, y el año pasado la postergaron por otro foco cercano.

Maxi se enamoró pronto de las ultras, las carreras de más de 42 kilómetros. Ya cumplió uno de los sueños de cualquier trail runner y participó de la UTMB que se disputa en Mont Blanc, Francia. Estuvo allí por primera vez en 2016 y volvió en otras cuatro oportunidades.

La visibilidad en las redes sociales le trae alumnos nuevos. Ya lleva trece años enseñando técnicas de resistencia, con un promedio de cien alumnos tanto de la Argentina como de otras partes del mundo. Es, además, entrenador del actual campeón argentino de ultradistancia, Patricio González, de Bariloche.

Maxi recuerda que en una de las competencias que disputó, después de dos noches seguidas de caminar sin dormir, alucinó al ver una camioneta en medio de la montaña, una Volkswagen Suran. Se la señaló a su compañero Juani. Cuando se acercaron, no había nada. 

Como sucedió con Cabeza de Indio, muchas competiciones se ven afectadas por los incendios. Todo lo que pasa en El Bolsón y Lago Puelo atraviesa el mismo proceso: primero una adaptación al nuevo entorno destrozado y después una regeneración del tejido social: la escuela, la familia, las amistades, el trabajo.  

De forma inconsciente y tristemente cotidiana, Maxi también aprendió a correr contra el fuego.

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Marzo de 2026. Maxi corre entre los esqueletos de los coihues. Mientras se entrena para una nueva competencia busca los hitos conocidos, aquellos lugares que recorre desde hace tanto tiempo: la curva donde siempre hay una raíz traicionera, la piedra gris con una veta blanca que a algunos les sirve de banco improvisado, el arroyo que murmura cuando hay agua y que en el verano aparece como un hilo pálido entre sedimentos y ceniza. Pero esas “postas” de su camino habitual ya no son lo mismo. El bosque se le presenta ahora como una pila de huesos: troncos carcomidos, cortezas ennegrecidas. Su recorrido se convierte en un sendero de ceniza que cruje bajo las zapatillas.

Ya pasó el verano en la Patagonia; ya pasaron los avisos de alerta en los grupos de WhatsApp de vecinos de los pueblos que conviven con este bosque precioso; ya se fueron los helicópteros con funcionarios que fruncen el ceño y graban reels para Instagram; también los corresponsales de medios porteños que informaron y le pusieron el micrófono a quienes consideraron protagonistas. Y quedó la gente como Maxi, que tiene que seguir trabajando con el paisaje todavía manchado de hollín. Pasaron los incendios; quedó el pueblo.

Acá en la Cordillera, otra vez, la vida se abre paso entre las ramas que parecen manos sin piel apuntando al cielo. La pregunta que humea entre todas estas historias, como la de Maxi López, es siempre la misma: ¿cuánto más se puede seguir así?

“No se trata de pelear contra el fuego, sino de entender cómo se comporta”, explica Natalia Vázquez, brigadista en la Central Operativa de Moquehue, en la cordillera neuquina.

En General Roca a Maxi le dicen “Lolo”. Llegó desde allí a la Cordillera buscando un trabajo que le permita estar cerca de la naturaleza. Su pareja de ese entonces, Julia, lo acompañó en ese desafío y luego de pensarlo mucho se establecieron en El Bolsón.

Antes de vivir acá, primero en El Bolsón y después en Lago Puelo, el fuego le era completamente ajeno. En su segundo año en la región cordillerana le tocó el primer incendio, en el cerro Piltriquitrón. No dudó. Junto a su amigo Sergio agarraron una pala —lo único que tenían— y salieron a defender casas sin saber absolutamente nada.

La pala no sirvió. Quedó perdida por ahí. Maxi se había imaginado tirándole tierra al fuego, como quien apaga una fogata en el patio; recién entonces entendió que un incendio de interfase —en donde las casas, los edificios o los pueblos se juntan y se mezclan con los bosques— no se extingue así. Encontraron una escena desconocida: vecinos yendo y viniendo a pie o en sus camionetas, bomberos haciendo esfuerzos descomunales con equipos impresionantes. 

De a poco fueron encontrando su lugar en ese engranaje comunitario. Hoy, con más experiencia, puede anticipar, planificar, hasta aconsejar a otros. Pero fue esa primera pala inútil la que les mostró, a él y a Sergio, que necesitaban otras herramientas para poder aportar de verdad. De ahí nació, con el tiempo, la idea de armar su propio equipo.

“No se trata de pelear contra el fuego, sino de entender cómo se comporta”, explica Natalia Vázquez, brigadista en la Central Operativa de Moquehue, un paraje de la zona cordillerana de la provincia de Neuquén. Ella y muchas y muchos bomberos tratan de encontrar formas seguras de trabajar bajo presión. El cuerpo reacciona con concentración, responsabilidad, adrenalina; todos los sentidos puestos en el viento, en el humo, en las indicaciones del jefe de cuadrilla. Hay que mantenerse en foco para poder tomar decisiones y no dejarse llevar por el miedo o la ansiedad. 

Todos los veranos, los brigadistas suelen sufrir ardor intenso en sus ojos, goteo nasal, tos y sibilancia: ruidos agudos como silbidos que se producen al respirar. Algunos se concentran tanto en el peligro que el entorno se vuelve borroso. Esa “visión de túnel” aparece ante situaciones extremas. 

Un componente fuerte en medio del calor agobiante es el trabajo en equipo. Nadie va a la línea de fuego solo: se va con una cuadrilla, con una brigada. “Tu compañero pone su vida en tus manos”, dice Natalia, y eso exige una confianza plena, que se construye con el entrenamiento y con la experiencia que se gana incendio tras incendio. 

Es un trabajo que desgasta el cuerpo y la mente, sobre todo cuando un incendio avanza sobre grandes extensiones de bosque, sobre la comunidad, sobre territorios que son irrecuperables. Emocionalmente los incendios de cada verano te derrumban.

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En las primeras semanas después de un gran incendio, el paisaje permanece consumido, literalmente: hay casas achicharradas, y el pasto no volverá por varios meses. Los animales salvajes desaparecen o migran; los que quedan piden ayuda, aunque nadie los escuche. La disminución del caudal de los arroyos por la pérdida de cobertura vegetal produce erosión, y con ella un impacto en los suelos que puede durar décadas.

No es la primera vez que le pasa a esta tierra. En 1987 un gran incendio arrasó el cerro Currumahuida, en Lago Puelo, y por la falta de un organismo local todos los recursos para combatirlo tuvieron que organizarse desde El Bolsón. En 2015, dos focos consecutivos quemaron casi 7.500 hectáreas en el valle del río Turbio, muy cerca de Lago Puelo, mientras otro incendio destruía unas 30.000 hectáreas cerca del lago Cholila. En 2021, el fuego que arrancó en el sendero Troncal del Azul se extendió sobre el paraje Las Golondrinas, dentro del propio municipio de Lago Puelo: en pocas horas, tres focos se convirtieron en más de 2.000 hectáreas afectadas y más de cien casas perdidas. Según datos del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, entre 2020 y 2023 la Patagonia argentina perdió más de 500 mil hectáreas por incendios forestales. La historia, año tras año, se repite con distintos nombres de parajes y distinto número de hectáreas, pero con la misma estructura de fondo.

Y en este momento de la Argentina, el Estado no siempre baja los recursos necesarios para la reconstrucción. La ayuda llega tarde, o llega a medias, o no llega.

Maxi sigue viendo a su alrededor pinares secos y quemados. Lo que rebrota primero, casi siempre, es vegetación exótica —rosa mosqueta, mora, mucho pino que vuelve solo—, mientras que no hay planes de reforestación organizados con especies nativas. Aunque, a decir verdad, no hay planes de ningún tipo. 

El paisaje no cambió tanto como para no reconocer las cicatrices: en cualquier punto de la comarca se puede rastrear el historial de incendios de los últimos diez años, que fueron, según él, los peores. Para Maxi, buena parte del volumen de fuego tiene que ver con la desidia: redes eléctricas viejas, sin mantenimiento, tendidos que atraviesan bosques sin la poda necesaria de la vegetación que los rodea —de hecho, uno de los focos de 2021 nació de un transformador—. El otro motivo que identifica es más oscuro: intereses inmobiliarios y forestales que buscan aprovechar el suelo una vez arrasado. Desde 2020, una ley nacional prohíbe por hasta sesenta años cambiar el uso o vender las tierras incendiadas para emprendimientos habitacionales, precisamente para desalentar ese tipo de fuego intencional. Pero esa protección viene bajo presión: en 2025 el Gobierno nacional disolvió por decreto el fondo que financiaba el sistema de manejo del fuego, y en este 2026 impulsa en el Congreso una reforma para habilitar el uso productivo de las tierras quemadas.

Acá las consecuencias socioeconómicas tampoco son neutrales: los que menos tienen pagan el precio más alto. Una familia con recursos puede reconstruir rápido; otra, si no recibe ayuda, se desliza hacia una precariedad que la termina expulsando del territorio. En Lago Puelo, donde la identidad está atada al paisaje, ese desplazamiento no es solo una pérdida material: es cultural.

Correr entre los árboles quemados es aprender a leer la memoria del fuego.

La montaña enseña paciencia, muestra los límites y devuelve la capacidad de levantarse otra vez. Pero en los últimos años ese aprendizaje se mezcló con otra escuela: no perder la esperanza en un paisaje que cambia y se quiebra. Correr entre los árboles quemados es aprender a leer la memoria del fuego.

Maxi a veces piensa que la carrera de resistencia no es contra otros corredores, sino contra el tiempo que va borrando lo que se creía eterno. No fueron eventos aislados: la repetición fue la mayor agresión al paisaje cordillerano.

El año pasado se desató el incendio de Mallín, el más grande y más grave que le tocó vivir: de interfase y de montaña a la vez. No dudó: avisó por el grupo de Whatsapp que se iba, y salió solo. En la entrada no dejaban pasar a nadie que no llevara un tanque de agua, así que volvió a su casa, buscó un tanque de quinientos litros que tenía —vacío, porque no había tiempo para otra cosa— y entró. Sin herramientas propias, se sumó a una cuadrilla que encontró en el camino y se quedó con ellos toda la noche. Fueron doce días. Los doce días que duró el incendio, Maxi estuvo ahí: yendo y viniendo hasta que el cuerpo no daba más, descansando un rato, y volviendo al día siguiente.

Esa experiencia terminó de convencerlos de que no podían seguir dependiendo de sumarse a lo que encontraran en el camino. Había que armar equipo propio. Hoy tienen cinco motobombas repartidas entre dos casas, mangueras, y saben exactamente qué hacer: en media hora, una hora como mucho, todo está cargado y listos para salir.

Lo que pasa por el cuerpo ahí no es lo mismo que en el deporte que practica, dice Maxi. En una competencia, en el fondo, uno mide un poco las fuerzas: mañana hay otra carrera, hay que cuidar las energías. En cambio en un incendio no hay reserva posible. Ahí se decide, muchas veces, si un pueblo se quiebra o se recompone.

La comunidad de El Bolsón y Lago Puelo vive en loop desde hace diez años o más. Siempre pasa lo mismo: en el inicio del año el fuego arrasa y la opinión pública reconoce el problema. El pueblo se organiza como un ejército de hormigas para enfrentar las llamas. El fuego finalmente se extingue por acción de la lluvia, después de días interminables de contención colectiva. Se convoca a campañas solidarias en todo el país para afrontar las consecuencias. Empieza entonces una reconstrucción impresionante de la naturaleza y de la sociedad.  Serán tres estaciones completas en las que, como reflexiona Maxi, el pueblo se recompone prácticamente sin ayuda del Estado. Y después de todo esto llega enero, una vez más.

Aquel incendio fue el 21 de marzo de 2021, en Las Golondrinas. Teo tenía siete años entonces, y todavía hoy, si se lo preguntan, puede decir la fecha exacta de memoria. Tiene doce ahora y sus padres están separados. Con el tiempo aprendió, junto a su papá, que el miedo también se entrena: se nombra, se acompaña, se atraviesa. 

Para Maxi, correr entre lo quemado es un gesto de reconocimiento: aprender que la belleza no es solo la que se ve en las postales, sino la que se cultiva con trabajo y voluntad. La próxima vez que pase por la curva de la raíz traicionera va a ver brotes nuevos.