Hubo un tiempo en que ir a un concierto era un plan de fin de semana. Algo que se decidía en el momento y que cabía en el presupuesto de un estudiante o de una familia de clase media, que no requería ni de una estrategia ni de la suerte. Ese tiempo terminó. Hoy, asistir a un espectáculo de primer nivel (o de cualquier nivel) con entradas pagas se convirtió en una carrera de obstáculos económicos. Miles de personas se quedan afuera de un recital demasiado temprano en Argentina. A minutos de anunciarse un show, mucha gente sabe que no va a poder verlo ni escucharlo.
En este contexto, la realización de eventos gratuitos masivos, del tono y de la magnitud que tengan, se vuelve casi fundamental. Mucha gente ya no tiene acceso a un espectáculo en vivo si no es en el marco de una fiesta popular. Y no solo por decisión personal. Si alguien quiere ir a ver dos o tres recitales de artistas que sigue o admira durante el año en curso, probablemente no pueda conseguir el dinero para afrontarlo, o tenga que hacer esfuerzos sobrehumanos.
El primer asunto entonces es, ¿qué sucede con esa cultura añorada, esos artistas que aparecen en los reels de Instagram o Tik Tok cuando ni poniéndonos en puntitas de pie podemos llegar a ellos?
El algoritmo que decide cuánto vale tu ticket
En gran parte del mundo hoy se impuso el sistema de precios dinámicos (con Ticketmaster como su cara más visible y polémica), que es el epicentro de un debate que ya no es solo sobre música: es sobre quién tiene derecho a participar de la cultura.
El modelo de dynamic pricing, o “precios en demanda” según la terminología más suave que usa Ticketmaster, funciona de manera similar a como operan las aerolíneas o las plataformas de alojamiento: el precio sube en tiempo real a medida que crece la demanda. En teoría, suena razonable. En la práctica, lo que ven los fanáticos es algo brutal: una entrada que aparece en pantalla a un precio, y que cuando llegan al checkout, a pagarla con su tarjeta de crédito, ya vale el doble o el triple. No es una coincidencia ni un error del sistema. Es el sistema.
En Argentina el drama se acrecienta. Con tarjetas de crédito en llamas y familias endeudadas que paga su alimento en cuotas. Muchos ni siquiera llegan a la pantalla que te permite ver cuánto sale un ticket.
El caso que encendió la mecha a nivel mundial fue la gira de reunión de Oasis en el Reino Unido, en 2025. Diez millones de fanáticos de 158 países intentaron comprar entradas el mismo día. Las plataformas colapsaron. Y quienes lograron avanzar en la fila virtual vieron cómo las entradas de pie, originalmente listadas a 135 libras esterlinas, trepaban a 355 ante sus propios ojos. La banda intentó desmarcarse de la práctica, pero el daño ya estaba hecho: la imagen de los dos hermanos volviendo a tocar juntos quedó un tanto opacada por la furia de una generación que sintió que la nostalgia también tenía precio de lujo.
Y no fue un caso aislado. Cuando los fanáticos de Green Day intentaron comprar entradas para su gira australiana en 2025, vieron cómo algunas ubicaciones trepaban hasta los 500 dólares australianos. La cantante británica Olivia Dean descubrió que las entradas para su gira norteamericana se revendían a más de 1.000 dólares, más de 14 veces su valor original, y reaccionó con una carta pública en la que llamó al sistema “asqueroso” y “completamente opuesto” a sus deseos. “La música en vivo debería ser accesible”, escribió. Fue una de las pocas veces en que una artista usó su nombre para nombrar lo que muchos ya pensaban.
El monopolio en el banquillo
Lo que hace al problema especialmente difícil de resolver es que no se trata solo de precios altos: se trata de un mercado estructuralmente concentrado. En abril de 2026, un jurado federal en Nueva York encontró a Live Nation Entertainment (empresa madre de Ticketmaster) culpable de sostener un monopolio ilegal sobre la industria del entretenimiento en vivo, lo que le permitió sobrecargar los precios de manera sistemática. El fallo llegó después de años de batallas legales que comenzaron con las quejas de los fanáticos de Taylor Swift en 2022 y escalaron hasta una demanda conjunta del Departamento de Justicia de Estados Unidos y la Comisión Federal de Comercio. Las swifties provocaron el primer gran terremoto para Live Nation, que como muchos bien saben, es una empresa que también trabaja en grandes conciertos de Argentina.
¿Qué va a pasar con la música y el teatro mainstream?
Hay algo simbólicamente grave en todo esto. La música en vivo, el teatro, los festivales no son solo entretenimiento: son los espacios donde las comunidades se reconocen, donde las generaciones se cruzan, donde la cultura se experimenta colectivamente y no solo se consume individualmente frente a una pantalla. Cuando ese acceso se convierte en privilegio, no se pierde solo dinero: se pierde algo más difícil de calcular y más costoso de recuperar.
El verdadero precio de una entrada no es lo que marca el sistema en demanda. Es lo que quedamos dispuestos a perder como sociedad cuando aceptamos que la cultura tiene precio de mercado.