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Un fútbol sin ídolos

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A los seis años me regalaron una camiseta de Independiente, tenía tres tiras blancas sobre el hombro derecho y un número en la espalda: 9, Uzuriaga. Un metro noventa y dos, la piel oscurisíma le brillaba de sudor, volaba afuera del área y enganchaba con todo el tiempo del mundo adentro de ella, sus goles podían ser potentes o exquisitos y se reía con toda la cara. El “Palomo” (junto con Rambert, Gustavo López y Garnero) era mi ídolo.

El pibe corriendo con todas sus ansias

A mediados de los 90 no abundaban las camisetas de fútbol, eran algo de chicos y adolescentes. Los que hayan vivido esa época traten de recordarlas. Las de River con el blanco regado de escuditos grises tenían el 9 de Francescoli. Había de San Lorenzo, decían “Cablevisión” y tenían la 10 de Gorosito. Ese mismo número, pero en homenaje a “Mago” Capria, llevaban las Multicanal de Racing. Y era sin dudas un orgullo tener una Olan azul y oro igual a la de Maradona. Algunos conseguían tener una segunda camiseta que solía ser de la Selección, indudablemente de Batistuta.

Miren a los chicos -y no tan chicos- la próxima vez que salgan. Usar camisetas se volvió algo difundido; se coleccionan, se actualizan modelos, se tienen de a cinco o diez, originales o “de Las Pulgas”. Pero miren los equipos; Inter Miami tomó la delantera al fichar a Messi pero PSG ya era un fenómeno antes de su llegada y lo sigue siendo después de su partida, y el Real Madrid se ve tanto acá como en el resto del mundo. Chelsea o Atletico Madrid hace al menos quince años que abundan junto con Juventus. Van desapareciendo Barcelona e Inter de Milán. Manchester United y Milan ya no figuran, en su lugar está Manchester City. Todos extranjeros, con mucha suerte alguien lleva el número -y ahora también el nombre- de un jugador argentino.

Uno siempre es hincha de su club, pero de chico también éramos hinchas de nuestros ídolos y al pensar que camiseta queríamos usar no dudábamos: la de Aimar, la de Cambiasso, la de Riquelme o Palermo, Romagnoli, “Piojo” López; y un amigo en particular tenía la de Martin Vilallonga, caso único en Neuquén y me atrevería a decir que en la Patagonia. Mirando el panorama de atuendos futboleros infantiles la conclusión es clara, casi no quedan ídolos en el fútbol argentino.

Mamita querida, ganaré dinero

¿Fue la Play? ¿Fue la Champions? ¿Tik Tok? ¿El marketing? ¿Ya no salen cracks? ¿Es, igual que todo parece ser últimamente, culpa de “Chiqui” Tapia y tiene que intervenir la Justicia? Fue el fútbol, que en los últimos veinte años cambió tan de a poco y tan radicalmente que cuando nos dimos cuenta ya no lo reconocíamos.

Construir un ídolo requiere tiempo; verlo debutar o llegar como promesa, alegrarse con victorias apabullantes, goles agónicos, atajadas salvadoras y también amargarse juntos en esas derrotas que dejan bronca; juez ladrón, mira como nos lo ganan en la última y de rebote. El pichón de ídolo necesita un equipo que lo rodee durante esos años, que le de un sistema de juego donde desarrollarse. Con algo de suerte, y sobre todo en los clubes más grandes, requiere de al menos uno o varios títulos que capaz a recuerde con amigos en el próximo asado. Requiere, por encima de todo eso, que pase en vivo y en directo y con la camiseta de tu club; y el fútbol actual no tiene tiempo ni para derrotas ni para jugadores que se desarrollen, ni mucho menos para tu club.

Sin prisa pero sin pausa el fútbol se va transformando en un torneo global de franquicias al estilo norteamericano. Las ligas domesticas europeas se desdibujan bajo el peso de uno o dos equipos por país que las ganan de tres o cuatro por seguidilla. Nuestro torneo local, desesperado por volverse atractivo, lo es cada vez menos inventando formatos imposibles de seguir y un rosario de títulos por año que ya nadie entiende qué tanto representan. Clubes ahogados económicamente por competir y no pudiendo negociar con la ambición de “salvarse” de los pibes, pierden a los que destacan generalmente antes de los veinte o veintiún años. Los que se van dejan atrás equipos que tampoco duran lo suficiente juntos como para ser el caldo de cultivo de nuevos ídolos. Esto pasa, cada vez más, hace ya veinte años. ¿Cuándo debutó el último ídolo de tu club?

El estadio lleno, glorioso domingo

Quedan dos caminos hacia la idolatría, pero angostos y complicados. El primero es “La Vuelta”, ejemplos acaban de darnos Di María y Paredes como antes Diego Milito, Enzo Perez o Verón. Después de unos diez o quince años afuera, ese juvenil que se fue elige volver hinchado de guita y pergaminos europeos al club que lo vio nacer a jugar sus últimos -con suerte- cinco o seis años de carrera. Generalmente marcan la diferencia; el talento sigue estando, la calidad es innegable y la experiencia en la elite los mantiene competitivos ¿Alcanza? ¿El gesto conmovedor suplanta los momentos que tal vez no lleguemos a vivir? Recemos que nadie se lesione.

El otro camino que queda, el más difícil, es la Selección. Es el camino que abrió Batistuta (de andar breve y salteado en nuestra liga) y más que nadie Messi. El pibe argentino que jugó toda la carrera afuera nos maravillaba con su fútbol pero fue ídolo por esa historia llena de goles fantásticos, tropiezos, frustraciones e insultos que recorrió terco con la celeste y blanca hasta la gloria final del bicampeonato de América y la Copa en Qatar. Dibu Martinez (otro caso de carrera completa en el exterior) se ganó el cariño a fuerza de personalidad, penales y carisma. Los -ex-juveniles Julian Alvarez y Enzo Fernandez son ídolos de chicos que todavía les ven la cara de nene que empiezan a perder. Y “Cuti” Romero puede ser el espejo en que se miren los que tienen más vocación aguerrida que talento gambeteador.

Pero llegar a la Selección es para pocos e hilvanar victorias y (más que nada) títulos con ella, para menos. El ciclo Scaloni parece habernos hecho olvidar eso. El último bastión que nos queda es ese, esperemos que dure y se mantenga. El día que lo perdamos ese fútbol de ídolos que nos enamoró por siempre con este juego -para bien o para mal- se va a haber ido por siempre.