No hay que hablar sobre este Messi, sonriente, dándole la mano a Trump. No. Hay que hablar sobre las personas que son una referencia cultural global dándole la mano a los imperiales señores de la guerra. Vamos, no caigamos en la trampa: menos nombres propios, más símbolos bien visibles; porque estamos viviendo en la época de concentración de dinero y poder más grande de la historia de la humanidad y tenemos que aprender a reconocer su funcionamiento para poder salir de este espanto. ¿Ven? de esto sí hay que hablar, porque aunque parezca mentira todavía estamos a tiempo de defendernos -como sociedades pensantes y actuantes, que aun lo somos- de este puñado de bestias encaramadas. Si no hablamos ahora, ya, vamos a terminar de caer en picada dentro de sus fauces para siempre. No falta tanto. Casi nada falta.
Por eso tampoco hay que hablar sobre si Messi -atrapado por el gigantesco peso de una corporación político/económica implacable- podía o no podía decirle que no a la invitación del agente naranja a ir a la White House de ladero sonriente. No. Más bien hay que hablar de algo anterior: de la práctica del principio filosófico del libre albedrío, de cómo tenemos la oportunidad decisoria de apuntalar con el discurso lo que luego debe ser acción. Hay que alentar y promover algo que es recontra evidente: se puede decir que sí, se puede decir que no.
Parece pueril el tener que explicar esto, pero en días en los que hay que aclarar que la tierra no es plana y que la amenaza de los alien illuminati son ni más ni menos que el pueril relato del hombre de la bolsa del Siglo XXI, no está de más decir las cosas más evidentes una y otra vez, decenas de veces, miles de veces: se puede decir que sí, se puede decir que no. Vamos ¿tan complicado es? Tenemos esa arma retórica a disposición para que cada sujeto la utilice, nos queda a mano para que cada espíritu humano la use. Pues usémosla, porque sucede lo mismo que con el ejemplo del primer párrafo: si nos demoramos en accionar, puede ser demasiado tarde.
Creer que hemos perdido hasta la oportunidad de decir que sí o decir que no es algo muy parecido a morir. Anotemos eso, por favor.
Y sí, me pongo insistente: no hay que hablar sobre si Messi es miembro de una generación de deportistas de elite que ha crecido lejos de las realidades sociales, o sobre si esto tiene o no tiene nada que ver con la manera displicente en la que los deportistas de elite suelen actuar cuando se manifiestan en sociedad sobre temas sociales, políticos y morales. No. Es preferible no hablar de eso y seguir hablando sobre los pocos tipos en el mundo que de manera ostentosa están manejando todo: nuestras economías, nuestras representaciones institucionales, nuestros comportamientos sociales. Claro que sí: hablemos de los super ricos primero, recién después -cuando hayamos agotado la instancia de reflexión seria y profunda sobre estos mega millonarios- hablemos de los ricos, que es el club de los deportistas de elite. Ordenemos el discurso, por favor. Y ojo, una vez que ya hayamos hablado sobre ello, hablemos sobre nosotros, la mayoría de los seres humanos. Nosotros necesitamos hablar sobre nosotros entre nosotros. Necesitamos una perspectiva real para entendernos a conciencia: la nuestra, la propia. Nada de andar por ahí replicando casi en calcado directo los mediáticos gritos balbuceantes de presidentes totalitarios, ni las bravuconadas odiantes que el think tank del poder mete en nuestros celulares cada día en forma de reels, memes y videos “serios”. No, no: nosotros hablando de nosotros, con nuestras propias ideas.

Y ya… no hablemos más de Messi sonriendo al lado de Trump, por favor se los pido. Hablemos de Trump, de su casta (tanto que les gusta la palabrita), de los intereses que avala, persigue y construye a cada minuto.
Hablemos de las guerras actuales, de cómo están diseñadas en laboratorios de aplicación perfecta. Hablemos de la moral desgranada e infrahumana de estos súper ricos, a los que necesitamos apuntar con más atención, de cómo no nos importa demasiado si fugan, si violan, si mandan a asesinar a miles y miles de personas. De eso hablemos, por favor se los pido.
Y también hablemos de números, si quieren, ya que tanto le gusta a los reaccionarios hablar de números y estadísticas. Entremos un poco en ese territorio.
Dicen que ellos, los poquísimos super ricos que gobiernan este sistema transnacional de mega CEO-cracia, no son más de 3 mil personas en este mundo; un planeta con 8300 millones de habitantes. Es decir: fácticamente son el 0,00003614% de este todo que es la fuerza viva humana en su completud.
Piensen en esto otro también: si comparamos en una escala de volumen estadístico al dinero con el tiempo y tomamos que un millón de dólares equivale a 11 minutos, un billón de dólares equivale a 30 años. Viéndolo tan claramente, no es lo mismo el que tiene millones, que el que tiene billones. Ahora presten mucha atención a este dato que va como yapa, de regalo: la fortuna de Elon Musk es equivalente a 25 mil años. Factos fatales. ¿Se entiende?.
Resumamos esta arenga para no hablar más de Messi en la White House: para que Trump y los tres mil súper ricos de la tierra mantengan este poder que fueron acumulando con los métodos neo-liberales que fueron practicando intergeneracionalmente, desde la prehistoria neoliberal iniciada a finales de la década del sesenta del siglo pasado y que se ha convertido, hoy por hoy, en esta CEOcracia super tecnificada, se necesitan muy pocas cosas. Y ellos las aplican todos y cada uno de los días de nuestra vida.
Una de ellas es que -a diferencia de tiempos anteriores, en los que polemizábamos la violencia- soslayemos las guerras y los genocidios que suceden a diario, y que en ese olvido también hagamos oídos sordos y vista ciega a todos y cada uno de los negociados anticonstitucionales y anti institucionales que devengan de esas guerras por el poderío económico. Que leyes, que decretos, que acciones de gobierno pro corporativas y descorazonadas (asesinas muchas veces) no nos interesen y directamente nos nefreguen. Eso quieren. A eso apuestan.

Otro mandamiento a cumplir para que ellos triunfen es que nos odiemos entre nosotros vía redes o en las calles, sin piedad, día a día, hora tras hora, sin vacaciones ni feriados. Ambos están siendo cumplidos a rajatablas. ¿Y ésta? ¿La estás viendo? Es la que más estamos viviendo a cada rato, todos los días.
Recién en el cuarto, quinto, sexto puesto entra la foto de Messi, porque no es ni más ni menos que una de esos terrones de azúcar narcotizantes que debemos poner al lado de los Therians, de la escandalosa borrachera de alguna estrella del cine, o cualquiera de las cosas que nos sugieran los algoritmos de noticias que invaden nuestros teléfonos a través de las redes, todas circunstancias baladíes disfrazadas de grandes temas.
Basta. Por todo esto por favor no hablemos más de Messi al lado de Trump; porque para entender si estuvo súper pavo o no sonriendo al lado del naranjú sin alma, mientras la bestia hablaba de aniquilar personas, tirar misiles sobre ciudades e intervenir países y él le sonreía como si estuviera hablando de las milanesas que le hace su mamá en Rosario, primero hay que hablar seriamente de lo que hay que hablar, lo anterior, lo macroestructural. Empezar por el final casi nunca es buena fórmula.
Vamos che, que no es tan difícil. Tenemos capacidad de comprensión aún, todavía no somos babosas. A no dormir, que ellos sueñan con que reptemos sin capacidad de discernir nada. Vamos che… ¿Les vamos a dar el gusto a semejantes bestias?